Que no muera la aspidistra (fragmento)George Orwell

Que no muera la aspidistra (fragmento)

"Hacía un día apacible y cálido. Las plegarias de Gordon habían sido oídas. Era uno de esos días sin viento que bien podía pasar por veraniego. Los rayos del sol se adivinaban tras la niebla, que, con un poco de suerte, se levantaría pronto. Una felicidad plena y absurda embargaba a la pareja. Se sentían como aventureros que huían de la maraña londinense, con todo el día por delante para disfrutar de «la campiña». Hacía meses que ninguno de los dos salía al campo. Se habían sentado muy juntitos, con el Sunday Times extendido sobre las rodillas, aunque no lo leían, pues se hallaban entregados a la contemplación de los campos, las vacas, las casas, los camiones de mercancías vacíos y las fábricas desiertas que desfilaban al otro lado de la ventanilla. Tanto les gustó el trayecto que hubieran deseado que se prolongara mucho más.
Tras apearse en Slough, se dirigieron hacia Farnham Common en un autobús sin techo y de un absurdo color chocolate. En Slough todavía reinaba la calma. Rosemary cayó entonces en la cuenta de que recordaba bien el camino. Había que recorrer un sendero lleno de surcos y atravesar unos descampados alfombrados de fina hierba húmeda y tupida, y moteados de pequeños abedules desnudos. El hayedo se hallaba más adelante. No se movía ni una hoja. Los árboles se recortaban como fantasmas en la quietud del aire nebuloso. Ambos lanzaban exclamaciones de júbilo ante el encanto de todo lo que les rodeaba: el rocío, el silencio, las cortezas satinadas de los abedules y la suavidad de la hierba que pisaban. Sin embargo, al principio se sintieron cohibidos y fuera de lugar, como le ocurre a todo londinense cuando sale de la ciudad. A Gordon se le antojó haber estado viviendo bajo tierra durante mucho tiempo. Se sentía demacrado y desaliñado. Caminaba detrás de Rosemary para que ella no se fijara en su rostro macilento y lleno de arrugas. Además, la fatiga se adueñó de ellos al poco de comenzar el paseo, pues estaban acostumbrados a caminar por Londres, y durante la primera media hora apenas intercambiaron palabra. Se adentraron en los bosques y caminaron en dirección oeste, sin saber muy bien adónde se dirigían; lo único que les importaba era alejarse de Londres. Pronto les rodearon hayas de aspecto curiosamente fálico, con sus cortezas lisas que recordaban a la piel y sus troncos aflautados. Entre sus raíces no crecía vegetación alguna, pero las hojas secas se apilaban formando un manto espeso cuyos pliegues, vistos de lejos, parecían de seda color cobre. No se divisaba un alma. Gordon esperó a que Rosemary le alcanzara. Caminaron cogidos de la mano, deslizándose a través del manto cuproso de hojas secas que poblaban los surcos del camino. "



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