La yegua perdida (fragmento)Georges Simenon

La yegua perdida (fragmento)

"Despertó mucho más tarde que de costumbre. Había tenido un dormir pesado e inquieto al mismo tiempo, pues en ciertos momentos de vaga lucidez se veía a sí mismo derrengado encima de la cama y cubierto de un sudor malsano; la noción del mal lo perseguía en sus pesadillas y cuando se daba cuenta de que iba a emerger a la superficie, volvía a sumergirse malhumorado en aquel sueño denso y gelatinoso sabiendo que al final habría alguna cosa desagradable y aplazaba la operación de despertarse para más tarde.
Antes de abrir los ojos, tuvo la certidumbre de varias cosas. Primero, un concreto olor a huevos fritos con tocino le llegaba desde la cocina. Eso quería decir que era domingo y que a lo largo de todo el día anterior no se había dado cuenta de que fuese sábado. Eran las ocho de la mañana. A pesar de la preferencia que tenía él por la carne roja, Mathilda se había empeñado en que el domingo había que permanecer fiel a la tradición del desayuno que se tomaba en Farm Point, incluyendo la mermelada de naranjas que allí solamente se servía el domingo y con parquedad, porque resultaba cara: una cucharada para cada niño.
Debería haberse levantado mucho antes y haber dado una vuelta a caballo con González, como tenía por costumbre hacer todos los domingos por la mañana.
Tampoco tenía necesidad de abrir los ojos para saber que llovía. Había oído los rumores de la tempestad. Una densa lluvia crepitaba ahora en la techumbre. John no ignoraba que la montaña era en tales momentos casi invisible y cierta calidad del aire, una frescura muy especial del ambiente, le anunciaba que había llegado el invierno. Porque el invierno llegaba así, de golpe. Los inviernos eran allí de buen sol durante todo el día, con pocas excepciones, y cálidos a mediodía. En seguida, Mathilda pondría mantas de lana en las camas —que olerían a naftalina durante varios días— y el chino encendería la caldera.
Oía ir y venir a su hermana y se decidió a empezar su arreglo personal con precaución porque no tenía la cabeza firme. Volvíanle a la memoria retazos de lo sucedido la víspera, en fragmentos o, mejor dicho, a ráfagas, y todo aquello le parecía sucio; sentía vergüenza de lo que había dicho, así como de la repentina confianza que depositara en Boris, con quien nunca tuvo hasta aquella noche un trato de intimidad.
Su piel se mantenía tersa y sus ojos claros: dada su edad, había soportado bien el golpe y estaba orgulloso de haberlo superado. Era preciso actuar como si no pasara nada y entrar con la mayor naturalidad posible en la sala de estar, besar a su hermana en la frente y sentarse en el lugar de siempre.
Salió del paso demasiado bien incluso, pues se movió con tanta desenvoltura que Mathilda se vio obligada a volver la cabeza para sonreír sin que él la viera.
En la otra habitación se oía a Pía que estaba arreglándose con el esmero propio de los días de fiesta; no tardaría en gemir al ponerse los zapatos que no se resolvía a llevar más que una vez por semana. "



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