Rubias peligrosas (fragmento)Jean Echenoz

Rubias peligrosas (fragmento)

"Gloire no sabrá nunca si el hombre advirtió la presencia belicosa de Béliard. El caso es que, por un instante, parece desconcertado, se desequilibra y luego reanuda su abrazo, con más viveza, profiriendo contra el rostro de Gloire nuevas palabras breves, de las que ésta, aun sin entenderlas, puede sin gran dificultad formarse una idea. Pero es tal el poder de Béliard, que regenera las células, multiplica la energía: al momento siguiente, bajo el efecto de una resistencia nueva, de un contraataque imprevisto, el hombre es propulsado bruscamente al suelo y su cabeza choca con un ruido sordo contra el asfalto. Grita, trata de levantarse por sí solo, quizá piensa abandonar: quizá no insistiría ante aquella mujer de fuerzas multiplicadas si Béliard, pataleando en su hombro, no siguiera exhortando a Gloire, que, de nuevo, derriba sin contemplaciones al agresor a sus pies. Sin darle tiempo a huir, lo arrincona contra la baranda antes de abofetearlo muy violentamente varias veces, y la mirada del hombre, que oscila vehementemente entre el dolor y el asombro, se posa pronto en la mujer con aire cansado, con aire de decir bueno, de acuerdo, he entendido, lo dejamos.
La cosa podría haber acabado aquí. Tal vez Gloire hubiera soltado al hombre si Béliard, junto a su oído, no le hubiera gritado que aniquilase a aquel cabrón, que lo hiciese migajas. De modo que, tras una última bofetada, Gloire agarra el hombro del individuo, le retuerce un brazo en la espalda hasta el borde de la ruptura para volverlo contra la baranda y, gruñendo brevemente como un animal, lo inclina de un golpe de hombro por encima del parapeto y luego lo empuja al vacío. Desconcertado, con los ojos abiertos, el hombre cae sin haber entendido nada de nada, sorprendido hasta el punto de no pensar siquiera en gritar. La bahía de Sydney lo engulle silenciosamente veinte metros más abajo. ¡Hay que ver! ¡Menos mal que Béliard hace algún que otro favor!
Pero veinte minutos más tarde, de vuelta en el hotel, temblando aún de odio, de excitación, de miedo, y, sobre todo, trastornada por aquella explosión de energía, tras vaciar uno tras otro dos whiskies, al poco rato se había invertido todo; Gloire se deshizo en lágrimas, postrada al borde de la cama, desesperada por su tendencia irreprimible a arrojar a la gente por las ventanas, desde lo alto de los acantilados o desde los puentes. Béliard, sentado junto a ella, la contemplaba pensativo. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com