Mademoiselle de Maupin (fragmento)Theophile Gautier

Mademoiselle de Maupin (fragmento)

"Prosiguieron la marcha un poco más hasta llegar a un cruce en el que ya se encontraban la jauría y los monteros. Seis arcos, abiertos a través de la espesura del bosque, desembocaban en una torrecilla de piedra hexagonal en cuyos lados estaba grabado el nombre del camino que acababan de hacer. Los árboles se alzaban a tal altura que parecía querer cardar las nubes lanosas que una brisa viva hacía flotar sobre sus copas; la hierba crecida y espesa y matorrales impenetrables ofrecían cobijo y defensa a la caza, que prometía ser abundante. Aquel era un verdadero bosque antañón, con viejos robles seculares, como ya no se ven, porque no se plantan árboles ni se tiene la paciencia de esperar a que estén crecidos; un bosque hereditario, plantado por los bisabuelos para los padres y por los padres para los bisnietos, con alamedas de anchuras prodigiosas, el obelisco rematado por una bola, la fuente de rocalla, la charca de rigor, y los guardas polvorientos con calzones de piel amarilla y casaca azul celeste. Uno de esos bosques frondosos y umbríos donde tan bien se destacan las grupas satinadas y blancas de los robustos caballos de Wouvermans y las anchas bocas de esas trompas a lo Dampierre que Parrocel suele destacar a la espalda de los monteros. Múltiples colas de perros, semejantes a lunas crecientes o a hoces, se agitaban alegres en una polvorienta nube. Dieron la señal, quitaron las traíllas a los perros que estiraban su cuerda hasta casi estrangularse y empezó la caza. No describiremos con exactitud los rodeos y el zigzag errabundo del ciervo a través del bosque, huyendo de sus perseguidores; ni siquiera sabemos si se trataba de un ciervo de diez pitones, pues las investigaciones efectuadas no nos permitieron descubrirlo, lo que es una verdadera lástima. Pensamos, sin embargo, que en tal bosque, tan antiguo, tan umbrío y señorial, solo podían encontrarse ciervos de diez pitones, y no hallamos motivo para considerar que el que perseguían al galope sobre caballos de diferentes colores y non passibus aequis los cuatro principales personajes de esta ilustre novela no fuese uno de ellos.
El ciervo corría como un verdadero ciervo, y una cincuentena de perros que tenía en su persecución no eran un mediocre acicate para su velocidad natural. La carrera era tan rápida que apenas se oían algunos ladridos.
Théodore, el mejor montado y mejor jinete, seguía a la jauría de cerca con ardor increíble. D’Albert no le andaba a la zaga, y les seguían Rosette y el paje Isnabel, separados por un intervalo que aumentaba de minuto en minuto, y no tardó en ser lo bastante grande para temer que no se restableciese el equilibrio. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com