En el punto de mira (fragmento)Arthur Miller

En el punto de mira (fragmento)

"Buscó el rostro dormido de Gertrude. Tal vez ella había hablado en sueños. No, no era un sonido de esa clase. Se le ocurrió una idea: miró el crucifijo que Gertrude había colgado en la pared, pensando que podía haberse caído, pero allí estaba, en su sitio, entre las sombras. La visión del tiovivo… «¡Ía!, ¡ía!». No, todo eso había sucedido mucho antes…
Recordó bruscamente y volvió la cabeza hacia la puerta del dormitorio, hacia la calle. Comprendió de inmediato que había venido de la calle. Sin moverse, trató de recordar qué clase de sonido había sido, mientras su mente se desembarazaba de la telaraña del sueño. Tal vez habían ido a atacar a Finkelstein… «¡Ía! ¡Policía!…». Tal vez era más tarde de lo que pensaba y Finkelstein ya había salido para abrir la tienda y se habían abalanzado sobre él y ahora yacía en la calle o aún peleaba con ellos en la esquina. Buscó el reloj. Las cuatro y diez. Sintió alivio al pensar que Finkelstein no podía estar fuera a esa hora y ciertamente no irían a atacarlo a su casa. Y porque no sabía qué haría él si veía que golpeaban a ese hombre o, más exactamente, porque sabía que no haría nada, pero se sentiría mal durante mucho tiempo. No, llamaría a la policía. Eso. Simplemente, llamar a la policía sin salir de casa… Simplemente, llamar a la policía. Agudo y claro. Lo reconoció: era el mismo ruido que lo había despertado. Deslizó las piernas fuera de la cama, buscó sus pantuflas y sus gafas y salió sigilosamente al pasillo y bajó las escaleras. Otra vez. Pasó a largas zancadas de puntillas junto a su madre, qué roncaba en el salón, se acercó a la ventana y miró por la celosía.
Estaban terminando. Dos hombres que se movían atléticamente, dos jóvenes. Uno de ellos sacudía la bolsa de la basura sobre el jardín, el otro la distribuía en silencio a puntapiés. En mitad de la calle estaba el gran coche negro con las luces apagadas. El cubo estaba volcado en mitad de la acera.
Maldijo la farola del lado opuesto de la calle y trató de verles la cara. Los dos llevaban jersey. Guardó esos jerséis en su memoria y se esforzó por verlos mejor. El muchacho más alto arrojó la bolsa al suelo, se frotó las manos y fue hacia el coche. El otro dio un puntapié final a algo sobre el césped y lo siguió. Cuando pasó debajo del árbol de Newman, arrancó una ramita y la lanzó contra la casa como si fuera una piedra. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com