La confesión de la leona (fragmento)Mia Couto

La confesión de la leona (fragmento)

"En la infancia, el cuerpo sirve únicamente para una cosa: jugar. Sin embargo, en Kulumani eso no era así. Los niños de la aldea les pedían a las piernas que los ayudasen a escapar, frente a los disparos, a más velocidad que las balas. Era la época en que las armas barrían nuestras poblaciones. Al atardecer, el ritual era siempre el mismo: empaquetábamos nuestras pertenencias y nos escondíamos entre la maleza. Para mí, esa manera de proceder era como un juego, una diversión compartida con los demás niños. En un mundo de pólvora y sangre inventábamos juegos silenciosos. En aquel escondrijo nocturno aprendí a reírme hacia dentro, a gritar sin voz, a soñar sin sueño. Hasta el día en que la mitad inferior de mí dejó de pertenecerme y caí tendida a los pies de la cama.
Yo, Mariamar Mpepe, estaba doblemente condenada: a tener un único lugar y a ser una única vida. Una mujer estéril en Kulumani es menos que una cosa. Es una simple inexistencia. La culpa de que yo sea así, decían, era de mi madre. Hanifa Assulua, decían, había sido maldecida. Presionada por los curas católicos, su familia se negó a someterla a los rituales de iniciación. Mi madre era una namaku, una muchacha que aún no ha hecho la transición a mujer. La bautizaron en la iglesia, pero no había pasado por la ceremonia de los ingoma, el ritual que nos autoriza a cumplir edad. Hanifa estaba condenada a ser una niña eterna."
Después de la parálisis, era el abuelo Adjiru quien venía a buscarme al atardecer y me tomaba en brazos para llevarme al escondite en el campo. Todos los demás ya se habían ido, solo quedábamos los objetos sin valor desparramados por el suelo de la casa y yo. Mientras esperaba los brazos salvadores de mi abuelo en la soledad de la habitación, una certeza se afianzaba en mí: yo era una cosa y sería enterrada como un objeto en el polvo de Kulumani. "



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