Tiempos mejores (fragmento)Eduardo Mendicutti

Tiempos mejores (fragmento)

"Aquella noche, mi reacción estuvo llena de gallardía; ahora, en vísperas de volar a México, no sentía el menor remordimiento por sepultarla, en el último cajón de la cómoda del dormitorio, junto a otros pequeños recuerdos a los que el tiempo había desprovisto de significado: una alianza con una fecha por dentro que me regaló el socorrista de una piscina municipal que me amó durante una temporada, cuando yo tenía veinticinco años; cartas emocionadas de un novio platónico que yo tuve durante mis coqueteos con la doctrina del Maharishi Mahesh Yogi y que acabó metiéndose a cartujo —el platónico, no el Maharishi—, aunque cualquiera sabe lo que duraría; los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda, en un volumen dedicado a mi afecto y mi sensibilidad (sic) por un profesor cursilísimo de literatura que anduvo dándome la tabarra hasta que caí enfermo con hepatitis; una fotografía mía, desnudo yo y en posición de presenten armas, a todo color, que me hizo en la habitación de un hotel de Aranjuez un suizo de raíz italiana que vendía computadoras y con el que estuve liado casi un año, con los descansos obligados por sus continuos viajes... Como cualquiera puede ver, nada de particular. Algún reloj de marca, pero discreto. La cadena y la medalla de mi bautizo. La Sheaffer de oro que se escoñó en la boda de mi Javi. Restos de naufragios. Vendavales perdidos. Fuegos apagados. Pequeñeces que no me importaba olvidar. Al menos, eso era lo que me proponía: olvidarlo todo. En principio, durante una semana. Después, con un poco de suerte y con la ayuda de algún charro cariñoso, hasta que aguantase el cuerpo. Y por eso, por una cosa así, estaba yo dispuesto a renunciar a todo. Por eso había dejado mis recuerdos, en el cajón de la cómoda, como manjares en una tumba egipcia, para alimento de la añoranza repudiada por mí, para sustento de la ingenua tutankamon que yo había sido soñando con el amor y la revolución a los cuarenta años. Ahora me bastaba con encontrar un marido jacarandoso. Ahora todo aquello me parecía resbaladizo, gelatinoso, inútil. Yo tenía que estar loca. Alguien me habría echado mal de ojo. Yo era un puro desliz, una idiota en tránsito, la más pazguata de la creación. Qué angustia, por Dios. Yo quería salir de allí. Quería volver. Quería poner la fotografía del sesenta y ocho en un marco de plata. Quería salir de aquella nube. De aquella trampa. De aquel desierto. De aquel pantano. Tenía que escapar de aquellas arenas movedizas, en las que ya me sentía hundida hasta los aretes, aunque eso sí, con un maquillaje maravilloso y un peinado lindo, como los de Eleanor Parker cuando rugía la marabunta. "


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