Una niña está perdida en el siglo XX (fragmento)Gonçalo M. Tavares

Una niña está perdida en el siglo XX (fragmento)

"Y me acordé de esto.
Lo conocía bien, él tendría en aquella época tres años, era el hijo de un amigo, pero lo que le vi hacer me sorprendió y de alguna manera me puso en guardia. A medida que, con un enorme placer, se comía cada bocado de una tostada, el niño mostraba la parte que quedaba del pan y, después de una mirada rápida, decía el nombre de lo que aquel trozo le recordaba: primero un coche; después, un mordisco más: y he aquí un delfín; después aparecía una carreta, etc., etc. Lo interesante es que cada mordisco no estaba premeditado —el niño no buscaba construir una forma con los dientes; primero comía —eso es lo importante— y después observaba lo que quedaba e intentaba darle un nombre como para tranquilizarse —la masa del pan sin forma regresaba al mundo a través del nombre que él le daba. No eran los dientes, sino su impresionante (para la edad) poder de observación que recreaba objetos o cosas del mundo real. Después, lo que de alguna manera asustaba, era presenciar el modo desprendido con el que de nuevo lanzaba un bocado a aquella forma con nombre, haciendo desaparecer nombre y forma de un segundo a otro sin indicios de nostalgia —con tres años había que avanzar, nada más. Su boca iba devorando eso a lo que los ojos intentaban dar forma y la sensación de temor que fui sintiendo poco a poco (y quizás, quién sabe, también los otros dos adultos presentes en la sala) procedía de la comprensión de que todo, para él —para aquel niño—, era alimento, no había el menor instinto de conservación de las formas, incluso las que con su mirada había creado. Cada forma del mundo que destruía su apetito era sustituida por otra, sin embargo, inevitablemente, el trozo de pan se hacía cada vez más pequeño, y el último despojo, dada su forma circular, designado por él como OJO (y en realidad, observándolo atentamente, era un ojo lo que allí había, con el iris que parecía de color marrón y la pupila por donde se juraría que entraba algo de luz), ese ojo, ese ojo admirable, tardaba pocas milésimas de segundo en ser engullido.
El vacío que siguió a continuación fue extraño. El niño ya no tenía nada en la mano: había dado nombre a múltiples cosas y después las había hecho desaparecer; y, al final, simplemente no había nada —ni material, ni siquiera un comentario, una palabra, nada; el niño se había cansado del juego o sencillamente había dejado de tener hambre, y los hombres en la sala, entre los cuales estaba yo, como si nada relevante hubiese pasado, retomaron a continuación los asuntos preocupantes del mundo. "



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