Muchos matrimonios (fragmento)Sherwood Anderson

Muchos matrimonios (fragmento)

"Parecía confuso acerca de cómo decir todo aquello que deseaba decir. Todo aquel asunto, la escena en el cuarto, la charla con su hija, que había planeado con tanto detalle, iba a ser una cuestión más delicada de lo que había pensado. Había pensado que habría una especie de significado final en su desnudez y en la presencia de la Virgen y las velas. ¿Se habría excedido con el escenario?, se preguntó mientras mantenía una mirada fija y llena de ansiedad en el rostro de su hija. No le decía nada. Estaba tan solo asustada y seguía aferrada a la barra de los pies de la cama, como un náufrago en alta mar se aferraría a un madero flotante. El cuerpo de su esposa, tumbado en la cama, presentaba una extraña rigidez. Bueno, hacía años que había algo rígido y frío en el cuerpo de aquella mujer. Quizás hubiera muerto. Cosas que ocurren. Sería algo con lo que no había contado. Era bastante raro, ahora que el problema estaba frente a él, lo poco que tenía que ver la presencia de su esposa con la cuestión.
Dejó de mirar a su hija y comenzó a caminar arriba y abajo, y a hablar al mismo tiempo. Con voz serena, aunque ligeramente tensa, comenzó a intentar explicar, en primer lugar, la presencia de la Virgen y de las velas en la habitación. Ahora se dirigía a una persona, no a su propia hija, sino a un ser humano como él. Se sintió de inmediato aliviado. «Bueno, eso es. Así es como debo hacerlo», pensó. Siguió hablando y caminando un buen rato. Era mejor no pensar demasiado. Tenía que perseverar en la creencia de que lo que él acababa de encontrar en su interior y el de Natalie estaba también vivo en algún lugar de su hija. Antes de aquella mañana, cuando empezó la aventura entre Natalie y él, su vida había sido como una playa cubierta de basura y de oscuridad. La playa estaba cubierta de troncos empapados y tocones. Las retorcidas raíces de los viejos árboles se amontonaban en la oscuridad. Ante ellos yacía el pesado e indolente mar de la vida.
Y entonces había llegado aquella tormenta que había limpiado la playa. ¿Podía mantenerla limpia? ¿Podía mantenerla limpia para que brillara a la luz matinal?
Estaba intentando contarle a su hija Jane algo de la vida que había llevado en la casa junto a ella y por qué, antes de poder hablar con ella, se había visto obligado a hacer algo extraordinario, como traer a la Virgen a su habitación y arrancar de su propio cuerpo las ropas que, al vestirlas, le harían parecer a sus ojos la persona que entraba y salía de la casa, el proveedor de pan y ropas para ella que siempre había conocido.
Con voz lenta y clara, como si temiera perder el hilo, le contó algo de su vida como hombre de negocios, del poco interés real que había tenido nunca en los negocios que habían ocupado su vida.
Se olvidó de la Virgen y durante un rato habló solo de él. Volvió a sentarse junto a ella y una vez que empezó a hablar posó con atrevimiento su mano en la pierna de ella. Su carne estaba fría bajo el camisón. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com