Los amantes de Toledo (fragmento)Auguste Villiers de L´Isle

Los amantes de Toledo (fragmento)

"Luego, el sombrío silencio, los gélidos soplos, y, en los corredores, los ángulos de luz sobre las losas
solitarias que regularmente acusaban las pisadas de las
sandalias inquisitoriales.
Torquemada masculló algunas palabras.
Uno de los familiares salió y, unos instantes después, entraron y se colocaron ante él dos lindos adolescentes,
casi infantes aún, un muchacho y una muchacha (dieciocho él, dieciséis ella). La distinción de sus rostros y de sus personas acreditaba su elevada prosapia y sus maneras, de la más noble elegancia, apagadas y suntuosas, revelaban lo encumbrado de sus linajes.
Diríanse los amantes de Verona transportados a Toledo: ¡Romeo y Julieta! Con su sonrisa de inocencia sorprendida —y algo ruborizados por encontrarse juntos —, ambos contemplaban al venerable anciano.
—Dulces y queridos muchachos —dijo, imponiéndoles las manos, Tomás de Torquemada—, os venís amando desde hace casi un año (lo que es mucho para vuestra edad), y con un amor tan casto, tan profundo, que trémulos, cara a cara y con la mirada baja
en la iglesia, no os atrevéis a confesároslo. Por tal motivo, sabiéndolo, os he hecho venir esta mañana para uniros en matrimonio, lo que ya se ha consumado. Vuestras esclarecidas y pudientes familias han sido advertidas de que sois esposo y esposa y el palacio en que se os aguarda está preparado para el banquete de bodas. Ahí estaréis muy pronto y viviréis según vuestro rango, rodeados en el futuro, qué duda cabe, por
hermosos retoños, flor de la cristiandad.
»¡Hacéis bien amándoos, tiernos corazones de elección! ¡También yo conozco el amor, sus efusiones, sus lágrimas, sus zozobras, sus celestiales agitaciones! ¡Mi corazón se consume de amor, pues el amor es la ley de la vida, es el sello de la santidad! ¡Si me he hecho cargo de vuestra unión, no es, ay, sino para evitar que la esencia misma del amor, Dios, se vea inquietado en vosotros por las codicias carnales, por las
concupiscencias que las largas esperas en la legítima posesión mutua de los novios puedan encender en vuestros sentidos! ¡Vuestras súplicas corrían el peligro de extraviarse! ¡La contumacia de vuestras ensoñaciones iba a entenebrecer vuestra pureza original! ¡Sois dos ángeles que, para recordar lo que es “real” en vuestro amor, estáis ya ávidos de aplacarlo, de embotarlo, de agotar sus delicias!
»¡Así sea! Estáis en la Cámara de la Dicha; pasaréis aquí solamente las primeras horas conyugales; luego, bendiciéndome, espero, tras haberos entregado a vosotros mismos, esto es, a Dios, volveréis a vivir la vida de los hombres, según la posición que Dios os asignó.
A una mirada del inquisidor general, los familiares, rápidamente, desnudaron a la encantadora pareja, que presa del estupor —un tanto arrebatado— no opuso ninguna resistencia. Colocados cara a cara, cual juveniles estatuas, los envolvieron a toda prisa, uno contra el otro, con largas cintas de cuero perfumado que ciñeron con suavidad; después los llevaron, en posición horizontal, labio contra labio y pecho contra pecho, bien sujetos, al tálamo nupcial, en un abrazo sutilmente inmovilizado por las ataduras. "



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