América (fragmento)TC Boyle

América (fragmento)

"A las siete, ya tres camionetas se habían apartado de la avenida y entrado al estacionamiento. Candelario Pérez había elegido a tres, luego cuatro y de nuevo a tres hombres, que rápidamente se encaramaron al vehículo y desaparecieron. El forastero del sur no había sido elegido y todavía faltaban diez hombres que habían llegado antes que él. De reojo, América lo observaba discutir con Candelario Pérez; ella no podía oír las palabras exactas, pero las gesticulaciones violentas del tipo y las contorsiones de su pálido y ceñudo rostro medio gringo le bastaban para saber que él no estaba de acuerdo con tener que esperar su turno, que era un alegón, un quejumbroso, un resentido. “Hijo de puta” lo oyó decir, y desvió la mirada. “Por favor”, rezaba, “no permitas que se me acerque... ”
Pero sí se acercó. Le había regalado una taza de café —ella aún sostenía la prueba en la mano, el icopor seco hasta la última gota de azúcar cafeinada— y esto la convertía en su aliada. Estaba sentada en el lugar habitual, con la espalda recargada contra el pilar más cercano a la entrada, preparada para ponerse de pie en un santiamén en cuanto algún gringo o alguna gringa entraran a buscar una sirvienta, cocinera o lavandera; y el forastero se sentó tranquilamente a su lado.
—Hola, bonita —dijo, y su voz era un ronco jadeo agudo, como si le estuviesen hurgando en la garganta—. ¿Te gustó el café? —Ni siquiera voltearía a verlo. No hablaría con él—. Te vi sentada aquí ayer —continuó con una voz demasiado aguda, demasiado afónica—; y me dije a mí mismo: Allí hay una mujer a la que parece que le caería bien una taza de café, una mujer que se merece una taza de café, una mujer tan bonita que debería tener una finca cafetera para ella sola... Por eso hoy te traje una taza. ¿Qué te parece, ¿eh, linda? —Y le tocó la barbilla con dos ásperos dedos mugrosos, para que ella volteara a verlo.
Desdichada, culpable —había aceptado el café, ¿no es cierto?—, no ofreció resistencia. Los peculiares ojos castaño claro se clavaron en los de ella.
—Gracias —murmuró América.
Él sonrió y ella vio que los dientes tenían algo raro, algo desastroso, cada diente un laberinto de líneas fracturadas como un cuadro muy viejo en una iglesia. Dentadura postiza, una dentadura postiza, eso era, dientes falsos de ínfima calidad. Y entonces él exhaló, echándole su aliento en la cara, y ella tuvo que volver la cabeza; algo en su interior estaba muy podrido. "



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