Tan buenos chicos (fragmento)Patrick Modiano

Tan buenos chicos (fragmento)

"Las estrellas de ese día eran, desde luego, los saltadores de pértiga. El mejor recibía una copa de manos de Kovnovitzine. Pero ese año me fijé mucho menos en las hazañas de mis compañeros que en Martine, la hermana de Yvon.
Estaba tumbada en bañador en la hierba, a la orilla de la piscina. La rodeaban los héroes del día: los chicos mayores que nosotros, Christian Winegrain y Bourdon, los grandes vencedores de la prueba de salto con pértiga; Philippe Yotlande, Mc Fowles, Charell y otros más… Yvon les había presentado a su hermana a todos ellos y estaba a su lado, tímido y serio, como un intérprete o un escudero. Y orgulloso del éxito que tenía Martine.
Y yo también, al fijarme en la manera en que se esforzaban en destacar ante ella, notaba cierto orgullo. Ninguna chica, estaba convencido, tenía aquella melena caoba, aquellos ojos claros, aquella nariz algo respingona, aquellos muslos largos y aquellos movimientos gráciles del busto para volverse y encender un cigarrillo en el mechero que le acercaba Winegrain. Era mi amiga de infancia.
Su hermano y ella vivían en el pueblo, en la calle del Docteur-Dordaine, en una casa con la fachada cubierta de hiedra; e Yvon iba al internado como mediopensionista. Lo envidiábamos porque volvía todas las tardes a su casa. Su padre era arboricultor de profesión. En los invernaderos, detrás de la casa, jugábamos en aquellos años al escondite; yo había vivido en aquel pueblo tres años y conocí a Yvon y a su hermana en el colegio Jeanne-d’Arc. Yvon, ella y yo teníamos la misma edad por entonces —nueve o diez años—, pero me parecía que en aquel tiempo Martine era tan mayor como ahora, junto a aquella piscina. Era ella quien nos preparaba la merienda y nos llevaba de paseo al bosque hasta la aldea de Les Metz; era ella quien decidía que íbamos a jugar al escondite o a volar cometas.
Mi única ventaja sobre los demás era que había conocido a Martine mucho antes que ellos.
En su honor, Winegrain y Bourdon se zambullían de forma cada vez más espectacular, aquél dando el salto del ángel y éste el salto de la carpa tras haber llegado al borde de la piscina andando con las manos. Con motivo de la fiesta de los deportes se habían pasado un poco al echarle azul de metileno a la piscina en cuestión, y cuando Winegrain y Bourdon volvían para sentarse con nosotros llevaban en los brazos y en las piernas lo que parecían regueros de tinta. "



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