Crónicas mestizas (fragmento)José María Merino

Crónicas mestizas (fragmento)

"Cuando nos acercamos al poblado, muchos niños salieron a nuestro encuentro. Se oía en las viviendas el sonido de las manos moldeando la masa de las tortillas de maíz. A la puerta de las casas, algunas mujeres molían en los metates o revolvían el contenido de sus ollas de comida. Sueltos por el poblado, los pavos picoteaban entre los charcos del último aguacero.
Detrás del poblado, en otra extensión limpia de arbolado, se pueden vislumbrar varias terrazas sostenidas por piedras donde hay cultivos de maíz, fríjoles, tomates y calabazas. Algunos hombres se afanaban entre los sembrados, limpiando la maleza.
A los cristianos nos destinaron uno de los bohíos, con un cercado en la parte trasera para los cuatro caballos en que mi amigo el sevillano y sus compañeros habían escapado con las gemelas. Colocamos al padrino sobre unas esteras, reclinado en cojines de algodón. No mucho tiempo después vino a verle uno de los sacerdotes, vestido con una larga túnica en que la sangre de los sacrificios, ya muy reseca, parecía formar parte del tejido.
Encendieron copal a los pies de su yacija y rezaron largos ensalmos; luego le hicieron beber unos cocimientos de hierbas y le colocaron nuevos emplastos sobre la herida. Pero yo no advertía en él ningún progreso hacia la curación sino, al contrario, un acabamiento que me parecía cada vez más evidente. Ya no hablaba, y solo mediante la mirada indicaba que todavía era consciente de las cosas.
No obstante, Juan García me dijo que, según el curandero indio, el herido podía sanar. Y yo me aferraba a aquella posibilidad con esperanza, aunque el temor de que el padrino se muriese me tenía muy apenado y vivía aquellas jornadas en un ensimismamiento del que salía con sorpresa, pues me olvidaba de mis acciones y hasta del lugar en que me hallaba, y cuando recuperaba la conciencia igual me encontraba junto al herido que en un punto alejado de la aldea, al que sin duda había llegado por la pura deriva impremeditada de mis pasos.
Encontré a las dos gemelas en la selva, durante uno de aquellos solitarios paseos había en el sitio un pozo de características similares al que mi padrino y yo conocimos en tan mala ocasión, aunque mucho más estrecho y oscuro. Sabía yo ya que aquellas gentes denominaban cenotes a tales lagunas. Al verme, las hermanas me sonrieron con un brillo similar en sus ojos, y la que hablaba castellano me mostró el contenido de un cestillo que llevaba colgado del brazo. "



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