Los vencidos (fragmento)Antonio Ferres

Los vencidos (fragmento)

"En otras prisiones donde hay hermanas, monjas —dijo para aclarar—, ellas se preocupan de que los reclusos practiquen el Santo Rosario. También los presos están atendidos en otras muchas cosas. Si aquí no las tenéis a ellas, he querido que, por lo menos alguna vez, algún sábado, podáis oír hablar sobre el tema más importante, sobre el gran tema de Dios, o para que, como en el caso que hoy nos reúne, recemos la oración más querida de nuestra Santa Madre, la Católica y Apostólica Iglesia. Amén. Como dice San Alfonso María de Ligorio: «El que reza podrá ser libre».
Federico le oyó decir «libre», aquella palabra. A lo mejor había querido decir algo más. Pensó que cuando vieran cambiar a la Iglesia, otras cosas más estarían cambiando. Pero quizás sólo era una ilusión. Se acordaba del campo de concentración donde había estado preso, entre muchos soldados que se entregaban sin combatir, hechos prisioneros al final de la guerra. El cura, un hombrachón también grande como el que rezaba el rosario en la cárcel, un cura con sotana negra descolorida, se paseaba entre las filas de soldados vencidos. Llevaba un gran crucifijo en una mano y un vergajo en la otra. Gritaba: «Apátridas, ateos, besad a Dios crucificado y el suelo sagrado de la Patria» y obligaba a arrodillarse a los prisioneros y a besar la tierra. Se mezclaban en el recuerdo de Federico las dos figuras y a la vez se acordó del colegio de los Escolapios, de cuando los chicos —él entre ellos— llegaban corriendo, levantando el polvo de las maderas del suelo, por las galerías cruzadas de haces de sol donde iban a rezar el Rosario. El padre les hablaba con voz dulce, les decía que era una oración en honor de la madre de Dios, la rosa encendida, la rosa divina, la madre inmaculada que nos ayuda a vivir en este valle de lágrimas…
El sacerdote se levantó la sotana y sacó el rosario de un bolsillo del pantalón y entornó un poco más los ojos. Llevaba un pantalón negro con los vueltos manchados de barro. "



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