Una salita cerca de la calle Edgware (fragmento)Graham Greene

Una salita cerca de la calle Edgware (fragmento)

"Conocía demasiado bien todas las calles laterales que rodeaban la calle Edgware; cuando pasaba por ese estado de ánimo, se limitaba a caminar hasta que se cansaba, mirando con ojos entrecerrados su propia imagen en las vidrieras de Salmon & Gluckstein y los A.B.C. Por eso notó de inmediato los carteles que estaban en el exterior de la sala de teatro semiabandonada de la calle Culpar. No eran poco comunes, porque a veces la Sociedad Dramática del Barclay Bank alquilaba el lugar durante una velada; o se exhibía allí algún oscuro filme para adultos. El teatro había sido construido en 1920 por un optimista que pensaba que el bajo costo del terreno compensaría con creces la desventaja de estar ubicado a más de un kilómetro y medio de la zona convencional de teatros. Pero ninguna obra había tenido éxito jamás, y pronto se dejó que la sala juntara madrigueras de ratas y telarañas. Jamás renovaron el forro de las butacas, y lo único que tenía lugar en esa sala era la vida falsa y temporal de una obra de aficionados o una proyección de cine para adultos.
Craven se detuvo a leer el cartel; parecía que, incluso en 1939, todavía había optimistas, puesto que nadie excepto el optimista más ciego podría esperar ganar dinero en esa sala con el nombre de «La casa de las películas mudas». Estaba anunciada la primera temporada de «películas primitivas» (una frase fina); jamás habría una segunda. Bueno, la entrada era barata, y tal vez para él valiera la pena invertir un chelín, ahora que estaba cansado, para entrar a algún lugar donde protegerse de la lluvia. Craven compró una entrada e ingresó en la penumbra de la platea.
En la oscuridad muerta se oía el sonido latoso de un piano que tocaba algo monótono que recordaba a Mendelssohn. Se sentó en un asiento del pasillo, y de Inmediato pudo sentir el vacío a su alrededor. No, jamás habría otra temporada. En la pantalla una mujer grande vestida con una especie de toga se retorcía las manos, después se tambaleaba con movimientos curiosos y espasmódicos hacia un sofá. Se sentaba y miraba distraída como un perro ovejero a través de su cabello suelto y negro y correoso. A veces parecía disolverse por completo en puntos y saltos y líneas confusas. Un subtítulo decía: «Pompilia traicionada por su amado Augusto busca poner fin a sus problemas». "



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