Estimado Señor M. (fragmento)Herman Koch

Estimado Señor M. (fragmento)

"En la larga carretera recta de Terhofstede a Retranchement, todavía se les escapaba alguna risilla, pero, en cuanto dejaron atrás las últimas casas, sus rostros empezaron a ponerse cada vez más serios. Lodewijk caminaba solo delante, detrás de él iban Michael y Ron, seguidos a poca distancia por Stella, Herman y Laura. David y Miriam caminaban un poco rezagados, cogidos por la cintura.
Al principio, Laura no había sabido qué pensar sobre la idea; le parecía típica de chico, por no decir típica de Herman; pero cuando subieron al dique y bajaron hacia el Zwin por el otro lado, tuvo que admitir que funcionaba, que ocurría algo, al menos a ella. Oía a lo lejos las olas que rompían en la playa, una gaviota se lanzó hacia abajo graznando, y también estaba el susurro del viento entre las matas y los cardos. Era como volver a oír después de haber tenido las orejas tapadas mucho rato, como si oyeras de verdad, cada ruido por separado. En algún lugar al otro lado del dique un campanario empezó a dar las horas, y Laura contó los tañidos: cuatro. Después del cuarto, el silencio fue reconquistado por las olas, invisibles desde donde ellos estaban ahora. Laura se sintió abrumada por... una sensación de felicidad, pensó primero, pero no era eso, era algo más visceral, algo que se encontraba en un punto más bajo de su vientre. Miró a su alrededor para ver si los demás lo sentían, o si al menos notaban algo comparable, pero en aquel momento no había nadie cerca, nadie que pudiese verla o que pudiese ver la expresión de felicidad —no, no era eso, era algo distinto— de su cara. Lodewijk acababa de desaparecer detrás de una duna, Michael y Ron estaban demasiado lejos, David y Miriam aún no habían bajado del dique; estaban besándose, vio Laura, y al instante apartó la mirada. Sólo Stella y Herman estaban lo suficientemente cerca, pero Stella miraba a lo lejos con los brazos cruzados y Herman, que había sacado la cámara, giraba muy despacio sobre sí mismo con el ojo izquierdo pegado al visor.
La noche anterior, Herman había pedido a los demás que esperaran un cuarto de hora en la buhardilla hasta que él los avisara de que podían bajar. Había colgado una sábana blanca de la pared con chinchetas y colocado todas las sillas disponibles en filas de dos, unas detrás de otras. "



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