La crítica de las armas (fragmento)José Pablo Feinmann

La crítica de las armas (fragmento)

"Se instala en su hotel y sale a la calle. Tucumán no es San Juan, el calor no es seco. A esta bella provincia de es­te bello país le dicen el jardín de la República y los jardi­nes son húmedos. Así, en Tucumán hay humedad. Tam­bién hay un gobernador que se llama Domingo Bussi y que ha puesto el lazo final al llamado "Operativo Inde­pendencia", que acabó con la guerrilla del ERP en los montes de la bella provincia. Los tucumanos respetan a su general Bussi. Tanto, que años después, en plena de­mocracia, votándolo, lo elegirán gobernador. Pablo Eps­tein visita a su primer cliente. Es un tucumano con el que ha conversado mucho, un médico que dejó la medicina y puso una casa de iluminación. Mi viejo también dejó la medicina y se dedicó a otras cosas, solía decirle Pablo. ¿Y por qué?, indagaba el tucumano. Por la penicilina, res­pondía Pablo acudiendo a la leyenda familiar número uno. Yo no, decía el tucumano. Yo estaba harto. Enton­ces Pablo reía y decía creo que mi viejo también, creo que estaba harto y lo de la penicilina lo inventó para jus­tificarse. Cuál era la especialidad de su padre, pregunta­ba el tucumano. Urólogo, decía Pablo, venéreas. ¿Vené­reas?, decía el tucumano. No crea, eh. Por ahí es cierto lo de la penicilina. Terminó con esa especialidad. Pablo se encogía de hombros. Puede ser, decía. Y se iban a co­mer. El tucumano se llamaba Abelardo Lisi y era culto y le gustaban los buenos vinos. Le gustaba, mucho, hablar con Pablo. Era tan joven este muchacho de Buenos Aires y sabía de todo, hablaba de historia, de política, de fút­bol, hasta de mujeres hablaba. Lisi buscaba una buena mesa y pedía la carta de vinos. La primera vez que cena­ron preguntó a Pablo: Pedimos un borgoña. Pablo era tal vez demasiado joven, demasiado inexperto y hasta algo distraído. Tal vez haya que sumar a todo esto que no sa­bía mucho de vinos, sólo tomaba para acompañar a sus clientes, y, en esto residía un mérito al que Sergio jamás hubiera accedido, era capaz de tomar hasta donde sus clientes tomaran, no volverse atrás, no ser un porteñito flojón. Sí, dijo muy seguro, pidamos un borgoña. Miró al mozo y aclaró: Para mí, blanco. El mozo no disimuló una sonrisa desdeñosa, que Abelardo Lisi no perdonaría. Al­gún problema con lo que pidió el señor, preguntó. Pálido, el mozo balbuceó algo ininteligible. Lisi no se detuvo. No tienen borgoña blanco aquí, preguntó. No, señor, dijo el mo­zo. Entonces nos vamos, dijo Lisi. Jamás volvieron a ese res­taurante. Al viaje siguiente, antes de entrar a otro, Lisi se detiene y dice: Sabe, joven Epstein, la gente de este restorán es amiga y no me gustaría tener que retar a ningún mozo. Vea, el borgoña es siempre tinto. Pablo sonríe con amplitud, miente: Yo ya lo sabía, doctor Lisi. Lo hice a propósito. Quería ver si usted me defendía. Lo hizo y ahí nos volvimos amigos. Lisi lo mira fijo, desconfiando: ¿No me estás cargando vos, no? Claro que no, dice Pablo. Y ahí sí, se vuelven amigos. "


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