Los cuatro días de un pobre hombre (fragmento)Georges Simenon

Los cuatro días de un pobre hombre (fragmento)

"Hurgó en sus recuerdos. Con Aimée, aquello no le había sucedido una sola vez, sino que a veces repetía. La cosa había empezado con la serie de desgracias. Recién ingresado en una compañía de seguros, a poco de casarse, estalló la crisis y todas las empresas redujeron su personal, comenzando, naturalmente, por los entrados en último lugar.
Bob había nacido. El padre de Germaine murió y François había intentado en vano levantar el negocio del bulevar Raspail.
Habían perdido dinero. Vendieron. La instalación en el piso de la calle Delambre se llevó sus economías y a continuación intentó varios oficios.
Iba al bulevar Sebastopol por falta de medios, y muchas veces ni siquiera se sentía atraído por sus compañeras sucias. ¿Quizá la razón había que buscarla en aquello?
Por primer día, no había que ser muy exigente. Una pareja, en la mesa vecina, hablaba en ruso o en polaco, en voz baja, como temerosos de ser comprendidos. Había dos chicas muy bonitas, sin duda modelos, solas en una mesa. No pensaba en ellas, si bien miraba mecánicamente sus piernas. Y tampoco era para ellas la sonrisa que se dibujó en su cara, como de hombre que acaba de librarse de un gran peso.
Acababa de acordarse de Renée, tal como la había visto, por la tarde, sentada en la esquina de la mesa, en el fumadero, con las piernas deformadas contra la madera oscura y brillante. Ahora bien, de repente se sintió entorpecido por una aguda oleada de deseo y sintió la misma alegría que un niño ante unos fuegos de artificio.
Tendría gracia que Renée ocupase el lugar de la señora Dhôtel, con la que tenía, algunos rasgos comunes, y que actualmente debía ser también una mujer de años.
Tendría que ir a visitar a su cuñada en Deauville. Su hermano podía recordar vagamente al antiguo editor, menos corpulento, con idénticos cabellos rubios y escasos, y la misma blandura de carnes y de gestos.
Aún no sabía si llevaría a Bob, que tantas ganas tenía de ver el mar.
¿Por qué no? Lo pensaría. Tenía que pensar en muchas cosas. Pero lo que de ninguna manera podía hacer era descorazonarse, como acababa de hacer.
Encendió un cigarrillo y dobló a la derecha al llegar a la calle Delambre. En su casa no se veía luz. Raoul, pues, no había ido. Y si había pasado por allí, había creído que François dormía. Debía estar bebiendo en cualquier parte, ya muy borracho, y sin duda había encontrado algún oyente embrutecido por el alcohol a quien dirigir sus discursos interrumpidos por risas cínicas y estridentes. "



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