El refugio (fragmento)Guy de Maupassant

El refugio (fragmento)

"La mañana del día siguiente parece interminable a Ulrico. El viejo Hari fuma y luego escupe en el hogar, mientras el joven se asoma a la ventana para contemplar la resplandeciente montaña que se alza frente a la casa.
Por la tarde sale, recorre el trayecto hecho la víspera, y procura descubrir en el suelo las huellas de los cascos de la mula que llevó a las dos mujeres. Luego, cuando llega a la vertiente del Jemmi, se tiende boca abajo al borde del abismo y fija los ojos en Loëche.
La población, metida en aquel pozo de rocas, no está invadida aún por la nieve por más que la tiene muy cerca, pero detenida por los pinares que protegen sus alrededores. Y sus bajas casitas desde arriba parecen ladrillos colocados en una pradera.
La hija de Hauser está allí, en una de aquellas moradas grises. ¿En cuál? Ulrico Kunsi está demasiado lejos para distinguirla. ¡Cuánto le gustaría bajar, ahora que aún es posible!
Pero ya el sol ha desaparecido tras la cima de Wildstrubel, y el joven vuelve al refugio. El viejo Hari sigue fumando. Al ver a su compañero le propone una partida de cartas, y se sientan frente a frente, uno a cada lado de la mesa.
Y durante largo rato juegan a ese juego sencillísimo que se llama brisca, y luego, cuando han cenado, se acuestan.
Los días que siguen se parecen al primero, claros y fríos, sin nevadas. El viejo Gaspar pasa sus tardes acechando las águilas y los raros pájaros que se aventuran por esos picos helados, mientras Ulrico va regularmente hasta la garganta del Jemmi para contemplar la aldea. Luego juegan a las cartas, a los dados, al dominó, y ganan y pierden insignificancias que únicamente sirven para dar interés a la partida.
Una mañana Hari se levanta y llama a su compañero. Una nube de blanca espuma, movible, espesa y ligera, cae sobre ellos, los rodea, y sin ruido los sumerge poco a poco dentro de un tupido y pesado colchón. Y eso dura cuatro días y cuatro noches. Precisan libertar puertas y ventanas, practicar un paso y tallar escalones para poder encaramarse sobre el durísimo polvo al que doce horas de helada continua, han hecho más consistente que el granito de las peñas.
En adelante viven como prisioneros sin aventurarse apenas a salir de su morada. Se han repartido la labor que ejecutan regularmente. Ulrico Kunsi se ha encargado del lavado, de todo lo que se relaciona con la limpieza, y él es también quien parte la leña mientras Gaspar Hari guisa y alimenta la lumbre. Sólo interminables partidas de cartas o dados vienen a interrumpir su trabajo regular y monótono. Y no se pelean nunca pues los dos son de temperamento tranquilo y plácido, como tampoco nunca dan muestra de impaciencia o mal humor, ni pronuncian palabras agrias, pues para pasar el invierno en el refugio han hecho provisión abundante de resignación. "



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