Los Médicis (fragmento)Alexandre Dumas

Los Médicis (fragmento)

"—Creo que finalmente ha muerto —dijo el esbirro.
Y al ver que Lorenzo movía la cabeza como dudando, fue a coger su espada que estaba en el suelo y pinchó el cuerpo del duque varias veces con la punta, pero éste no hizo el más mínimo movimiento: ya no era más que un cadáver.
Así pues, entre los dos lo cogieron, uno por los pies y el otro por los hombros, y manchado como estaba de sangre lo colocaron sobre la cama echándole por encima una manta; y luego, cansado y jadeante tras la lucha, y con todo el cuerpo molido por el forcejeo, Lorenzo se fue hacia la ventana que daba sobre la Vía Larga para abrirla con el fin de poder respirar un poco de aire y recuperarse y de paso comprobar que no había atraído a nadie el ruido que habían hecho. No obstante, algunos vecinos habían oído algo, sobre todo la señora María Salviati, viuda de Juan de las Bandas Negras y madre de Cosme, quien se sorprendió bastante de este largo y empecinado pataleo; pero Lorenzo, previendo este forcejeo, se había dedicado a hacer ruidos extraños semejantes al de esta noche a fin de acostumbrar al vecindario, acompañándolo incluso de gritos y maldiciones. De este modo, cada cual pensó que se trataba del ruido al que estaban acostumbrados. Algunos miraban a Lorenzo como si de un insensato se tratase, otros lo consideraban un cobarde, de manera que nadie prestó ninguna especial atención. En la calle y en las casas contiguas todo parecía estar tranquilo.
Lorenzo y Scoronconcolo, levemente recuperados, salieron de la habitación y no sólo la cerraron con cerrojo, sino también con llave. Lorenzo fue a casa de su intendente Francesco Zeffi, cogió todo el dinero que había en ese momento, ordenó a uno de sus sirvientes, llamado Freccia, que lo siguiera y sin más séquito que el esbirro y, gracias a una licencia que había pedido de antemano ese mismo día al obispo de Marzi, partió en busca de caballos a la posta; y sin parar y casi sin aliento, cabalgó hasta Bolonia, donde sólo se detuvo para curar su mano de la que medio colgaban dos dedos que finalmente se salvaron, no sin dejar para siempre una gran cicatriz. Después volvió a montar su caballo y entró en Venecia durante la noche del lunes. En cuanto llegó, hizo llamar a Filippo Strozzi quien, exiliado desde hacía cuatro o cinco años, se encontraba ahora en Venecia. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com