Nebiros (fragmento)Juan Eduardo Cirlot

Nebiros (fragmento)

"Había tabernas enormes, cuyo aspecto recordaba las vastas salas de bebida de pasadas épocas, donde, junto a los toneles de vino y de cerveza, se reunía una muchedumbre, en la que predominaban los marineros. Otras tabernas eran grises y lúgubres, como creadas para reuniones de viejas haciendo calcetín. Los dueños atendían a la clientela sin intentar mostrarse amables, dejaban con un golpe sobre el mostrador el vaso de vino y conversaban con acritud sobre diversos temas, en los cuales predominaba lo político. Los bares se distinguían por las grandes cafeteras automáticas, de color de cobre o niqueladas, así como por un tono internacional ratificado por pequeñas banderas puestas entre las botellas y casi todos esos bares eran de dimensiones más bien reducidas, a diferencia de las tabernas de los grandes cafés del paseo y de los otros barrios de la ciudad, montados lujosamente y dotados de un aspecto distinguido. Iba pensando de este modo, dándose cuenta de que se asimilaba la visión de la pobre gente que se movía obscuramente de un lado para otro, aquella y todas las noches. Llegaba a pensar y a hablar como ellos, mediante esos juicios que denotan una humildad original, que él estaba muy lejos de poseer, ni material ni espiritualmente. Muchas veces imaginaba lo que haría si tuviera mucho dinero. Se contrataría como obrero para desempedrar las calles y pasaría ocho, diez, quince o veinte días en aquel mísero oficio, dando mazazos a las piedras y manejando las grandes barras de hierro para separar los adoquines. Seguramente sus compañeros se burlarían de él, de su escasa preparación para aquel trabajo, acaso le insultarían y le colmarían de mofas, llegando a ser el hazmerreír del grupo. Hasta el capataz tomaría gustoso parte en la broma, amenazándole con el despido inmediato si no mejoraba la calidad y cantidad de su tarea diaria. Él lo soportaría todo con paciencia inaudita y, en alguna ocasión, les diría que no era lo que pensaban, sino un hombre muy rico, un millonario en todo diferente a ellos, pobres y tristes bestias de carga. Claro está que la cosa sería algo cruel, pero no importa. Quién sabe si alguno de sus camaradas, convencido ante la emanación de algo inexpresable que brotara de su personalidad, creería verdadero lo que aseguraba, pero era difícil que esto sucediera y prefería que todos le despreciaran y le escarneciesen. Entonces, un buen día, les avisaría que al mediodía siguiente, cuando todos sacaran su comida para tomarla allí sentados, en medio del arroyo, a él le vendría a buscar un coche, con su chofer, para llevarle a cambiarse de ropa y a comer en el mejor restaurante de la ciudad. Las risas serían inenarrables; tal vez le pegarían, entre bromas y veras y le dirían que estaba loco. A las doce en punto de la mañana siguiente, cuando dejaran el trabajo para comer, su magnífico coche se aproximaría al grupo de hombres sentados en el suelo bajo el calor del mediodía, se abriría una portezuela y el chofer, gorra en mano, le diría: «Señor, aquí estoy cumpliendo sus órdenes. Cuando Vd. desee». ¡Qué expresión de estupidez infinita la de aquellos desgraciados, los cuales iban a continuar, durante toda su vida, enfangados en un oficio al cual él solo perteneció por placer durante unos días! ¡Cómo lamentarían no haber creído en sus palabras! No haber visto la distinción innata de su frente, de sus ademanes y de su voz. Apolo había vivido entre pastores y había tenido que desollar vivo a Marsias para que creyeran que era un dios. "


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