Las focas (fragmento)Lydia Davis

Las focas (fragmento)

"Creo que se fue justo después de terminar la universidad. Se mudó a la ciudad. Debo haber tenido siete años. Tengo algunos recuerdos de ella en esa casa, antes de que se mudara. La recuerdo tocando música en el living, la recuerdo parada junto al piano, apenas inclinada hacia adelante, los labios apretados alrededor de la boquilla del clarinete, los ojos en la partitura. Tocaba muy bien en ese tiempo. Había siempre pequeños dramas familiares respecto a las cañas que necesitaba para la boquilla de su clarinete. Años más tarde, a kilómetros de allí, cuando la visitaba, sacaba el clarinete, después de mucho tiempo sin tocar, y tratábamos de tocar algo juntas, nos abríamos camino, a prueba o error, a través de algo. A veces se podían escuchar las notas redondas y plenas que ella había aprendido a tocar, y su sentido perfecto de la forma de una línea de música, pero los músculos de sus labios se habían debilitado, y a veces perdía el control. El instrumento chirriaba o se quedaba en silencio. Cuando tocaba, ella forzaba el aire hacia la boquilla, apretaba fuerte, y después, cuando había un descanso, bajaba el instrumento por un instante, soltaba el aire apurada, y después tomaba un rápido trago de aire antes de tocar otra vez.
Recuerdo dónde estaba el piano en nuestra casa, justo debajo de la arcada hacia ese cuarto largo, de techos bajos a la sombra de los pinos del otro lado de las ventanas que daban al frente, con el sol entrando por las ventanas del costado, desde el patio luminoso, donde los arbustos de rosas crecían contra la casa y los canteros de iris se desplegaban en la mitad del jardín, pero no la recuerdo a ella ahí en estas vacaciones. Tal vez no vino a casa para eso. Estaba muy lejos para volver muy a menudo. No teníamos mucho dinero, así que probablemente no había para los boletos de tren. Y tal vez ella no quería volver tan seguido. Yo no lo hubiera entendido entonces. Le dije a mi madre que estaba dispuesta a dar los pocos dólares que había ahorrado si la podía traer a casa de visita otra vez. Lo decía en serio, pensé que ayudaría. Pero nuestra madre simplemente sonrió.
La extrañaba tanto. Cuando todavía vivía en casa muchas veces nos cuidaba, a mi hermano y a mí. El día que yo nací, esa tarde calurosa de verano, ella fue la que se quedó con mi hermano. Los dejaron en la feria. Ella lo llevó a los juegos y pasearon por los puestos durante horas y horas, los dos muertos de sed y cansados, en esa cuenca chata donde estaba el parque de atracciones y donde años más tarde miramos los fuegos artificiales. Mi padre y mi madre estaban a kilómetros de distancia, del otro lado de la ciudad, en el hospital que queda en la cima de la colina. "



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