Lo que no quise decir (fragmento)Sandor Marai

Lo que no quise decir (fragmento)

"Durante años, esa nostalgia condensada no dejó de impregnar todos mis escritos, así como cualquiera de mis actos nacidos de una motivación distinta a la profesional o coyuntural. En todas las vidas, en el fondo de todas las conciencias, existe una persona, una situación, un recuerdo que se refleja en las experiencias posteriores de la vida y la conciencia: los padres, los amigos de infancia, el ambiente de la ciudad natal siguen siendo nuestros compañeros de viaje aunque el camino de nuestra vida discurra por el ancho mundo. Mi ciudad natal, que tras la Primera Guerra Mundial pasó a manos de un poder extranjero, era para mí un recuerdo así de determinante y definitivo: la ciudad donde nací, donde pasé los años de infancia, donde, como retoño de una familia burguesa, recibí una excelente educación enraizada en una cultura patricia que desaparece lentamente de la memoria.
Durante veinte años añoré volver a esta ciudad. En realidad no podía porque me había negado a hacer el servicio militar en el ejército del nuevo Estado, el Estado checoslovaco, y cuando después del trazado de la nueva frontera las autoridades checoslovacas quisieron obligarme a ello, abandoné el país; así que durante mucho tiempo en mi región de origen me consideraron un desertor. Actué así porque no soportaba la idea de ser soldado de un ejército que se comportaba como «vencedor» frente a mi patria, Hungría. A lo largo de veinte años me vi obligado a cargar con las consecuencias de esa decisión juvenil. Pero mis padres continuaron viviendo en aquella ciudad; mi padre fue durante dos legislaturas uno de los senadores de la minoría húngara de la Alta Hungría en el Parlamento checoslovaco y se ocupaba de los asuntos de los jóvenes de allende las fronteras. Él se esforzó por preservar la conciencia húngara de la juventud y de conservar su interés por la cultura húngara. Cuando Hitler entró en Viena, mi padre ya no vivía; unos años antes, agotado en cuerpo y alma, se había mudado a una ciudad de provincias de la Hungría de Trianón, donde poco después falleció. En la última década había invertido su patrimonio, su salud y las rentas de su prestigioso bufete en la desgraciada lucha quijotesca denominada por aquel entonces «destino de las minorías». Pero eso no impidió que la ciudad siguiera en su sitio y que yo siguiera soñando con ella a menudo durante esos años en que no pude visitarla, aunque mis padres ya no vivían allí y habían malvendido la casa donde había nacido y crecido, y yo había dejado de vivir en el país. Pero también despierto me ocupaba del destino y el recuerdo de la ciudad; escribía libros y obras de teatro sobre ella, ya fuera camuflándola o utilizando su nombre real... Ahora sueño poco con la ciudad porque su recuerdo y su destino se han entrelazado con el de todo el pueblo húngaro, y no puedo pensar en ella como algo aislado. Cuando me viene a la cabeza ya no siento el estremecimiento de antes; la recuerdo como un muerto amable y lejano. "



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