Las hazañas del brigadier Gerard (fragmento)Arthur Conan Doyle

Las hazañas del brigadier Gerard (fragmento)

"Durante la noche el viento había cambiado del Norte al Sur, y yo, marchando siempre de frente, había corrido diez millas hacia el Norte y otras diez hacia el Sur. De modo que, después de estar corriendo toda la noche, había ido a parar al punto de partida. Cuando recordé la prisa que había tenido, las caídas, los tropezones y el ímpetu loco que me llevaba siempre hacia adelante, me pareció tan ridículo lo que había hecho, qué solté el trapo y me dejé caer sobre los arbustos del bosquecillo, riendo estrepitosamente. Después me envolví en el abrigo, que venía a ser como una manta, y me puse a pensar qué era lo que debía hacer.
Una cosa he aprendido, amigos míos, en mis aventuras y percances, y es que no se debe llamar desgracia a ningún suceso hasta ver cómo termina. ¿No ocurre que a cada paso suelen mirarse las cosas desde distinto punto de vista? Así me sucedió a mí entonces. Pronto me convencí de que aquella equivocación tendría para mí el mismo resultado que la más refinada astucia. Mis perseguidores, como era natural, comenzarían a buscarme desde el sitio en que me encontré con el carruaje de sir Charles, y así fue efectivamente. Después de un rato de observación los vi marchar precipitadamente hacia aquel punto. A buen seguro que nadie se figuraría que desde allí me había vuelto atrás; así que comprendí que podía permanecer donde me hallaba sin temor de ser inquietado, y no intenté moverme.
Los prisioneros, por supuesto, se habían enterado de mi fuga, y durante todo el día no cesaron de oírse gritos parecidos al que me había despertado por la mañana, llevando a mi alma una especie de saludo de mis camaradas tan simpático como afectuoso. ¡Qué poco se figuraban que en la colina que ellos veían desde sus ventanas se hallaba el compañero cuya huida celebraban tan ruidosamente! Yo, por mi parte, veía desde mi escondite a buen número de prisioneros, unos paseando en el patio y otros reunidos en grupos, charlando por los codos.
Cuando vi a Beaumont, que con la cabeza vendaba atravesaba el patio entre dos guardias, hice un ademán como para lanzarme sobre aquel miserable. No puedo explicaros, amigos míos, cuánto me alegré de verle, pues por una parte me demostraba que no le había hecho mucho daño y por otra que mis compañeros, los demás presos, podían muy bien comprender lo que había sucedido. Harto me conocían para suponer ni por un instante que hubiera abandonado al artillero.
Todo el día permanecí en mi escondite escuchando las campanadas del gran reloj cuando daba las horas. "



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