El carnaval de Roma (fragmento) Goethe

El carnaval de Roma (fragmento)

"Sin embargo, en ninguna parte es tan enconado y generalizado el combate como en las inmediaciones del palacio Ruspoli. Toda la gente disfrazada que se ha instalado ahí va pertrechada de cestitos, sacos pequeños y pañuelos de cuatro nudos. Atacan más de lo que reciben; no hay carroza que salga indemne, todas se llevan al menos un par de impactos. Ningún peatón está a salvo; sobre todo cuando se deja ver un abad con el hábito negro, al que le llueven proyectiles de todas partes, y, como el yeso y la tiza dejan una mancha allí donde impactan, se queda enseguida moteado de puntos blancos y grises. A menudo, no obstante, las disputas se encarnizan y se tornan generales, y uno contempla asombrado cómo se da rienda suelta a los celos y al odio personal.
Una figura disfrazada se acerca con aire furtivo y lanza un puñado de confetti a una de las principales beldades con tanto ímpetu y puntería que la máscara resuena y lastima el hermoso cuello de la dama. Los caballeros que la flanquean montan en cólera y, con lo que llevan en sus cestos y sacos, arremeten con furia contra el agresor, el cual va tan bien disfrazado, y es tan fuerte su guarnición, que no nota las repetidas embestidas. Cuanto más seguro se siente, más encarnizados son sus ataques; los defensores cubren a la mujerzuela con sus tabarri y, comoquiera que el atacante, en el fragor de la batalla, termina por herir también a los vecinos, y su zafiedad y vehemencia ofenden en general a todo el mundo, los que están sentados cerca se suman a la contienda sin escatimar bolas de yeso, y las más de las veces tienen en reserva para estos casos una munición algo más grande, del tamaño de peladillas, con la que finalmente terminan por cubrir al agresor, el cual, sitiado como está por todas partes, no tiene más remedio que batirse en retirada, sobre todo si ha agotado el arsenal.
Por lo común, el que busca semejantes aventuras va acompañado de un padrino que le pasa la munición bajo mano, mientras los hombres que venden este confetti de yeso van y vienen con sus cestos y se apresuran a distribuir, no sin antes pesarlas, tantas libras como pide cada uno de los contendientes.
Asistimos de cerca a una de estas batallas en la que, debido a la falta de munición, los combatientes terminaron por lanzarse a la cabeza los cestos dorados, haciendo oídos sordos a las advertencias de los guardias, que también recibieron su parte.
No cabe duda de que más de una de estas disputas habría terminado a puñaladas si en muchas esquinas no se hubieran colgado las cuerdas[49], el conocido instrumento de tortura de la policía italiana, que en medio de la fiesta recuerda a todo el mundo el peligro de esgrimir en semejantes situaciones armas peligrosas.
Estas disputas son incontables y, la mayor parte de las veces, más en broma que en serio.
Y así, por ejemplo, un coche sin capota lleno de polichinelas se aproxima al palacio Ruspoli. Al pasar por delante de los espectadores, los ocupantes se proponen darles a todos, uno detrás de otro, pero por desgracia es tan grande la aglomeración que el coche se queda parado en medio del gentío. Por una vez, todos los presentes se ponen de acuerdo y el coche recibe un aluvión de proyectiles por todos los flancos. Los polichinelas agotan su munición y permanecen un buen rato expuestos al fuego cruzado que les llueve de todos lados, de tal modo que al final, completamente cubierto de una especie de nieve y granizo, el coche se aleja lentamente en medio de la carcajada general y de los gritos de reprobación. "



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