De París a Cádiz (fragmento)Alexandre Dumas

De París a Cádiz (fragmento)

"Se hicieron oír los primeros repiqueteos de las castañuelas, temblaron los primeros acordes de la guitarra; el padre se puso a cantar esa misma canción gitana que uno se encuentra todo el tiempo en España, cuya melodía no conseguí nunca hacerme anotar por un músico; canción que lo acompaña todo, el trabajo, el sueño, la danza, y una de la dos jovencitas se puso en movimiento junto con su hermano. Al principio fue de parte de uno y otro un balanceo bastante monótono, un zapateo lento y sin acentuación, un débil movimiento de cadera que intentaban animar en vano las miradas lascivas del hermano y de la hermana. Pero cada vez esas miradas se tornaron más provocativas. Los bailarines se acercaron poco a poco y se cruzaron, no ya tocándose las manos, sino rozándose los labios. Un taconeo que parecía el combate entre los sentidos y el pudor resultaba de esas dos bocas semiconfundidas, y el hermano y la hermana se detenían así, mirándose, y listos a abandonarse al deseo que ardía en sus ojos y los empujaba el uno hacia el otro. Durante ese lapso, el padre entreveraba en su canto unos gritos obscenos que provocaban grandes risas en la asamblea, y que estaban destinados, o bien a despojar a la bailarina de sus últimos escrúpulos, o bien a dar el último estímulo al bailarín. Finalmente el hermano se quitó el sombrero, lo tomó en la mano, dio dos o tres vueltas alrededor de su hermana, quien, sin moverse de su lugar, echaba su cabeza hacia atrás como una ebria bacante y otorgaba a sus caderas la más provocativa desenvoltura; luego el sombrero cayó de repente, el bailarín dejó oír un silbido agudo como el de la serpiente y que era, en esta danza, la expresión del deseo a punto de ser satisfecho; él se volvió más ardiente, su hermana más loca, y la persiguió así, hasta que, con las últimas notas de la guitarra y los gritos finales del cantor, cayó ella en la pose más extenuada, y su hermano se detuvo después de su más expresivo silbido. "


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