El farero (fragmento)Henryk Sienkiewicz

El farero (fragmento)

"Pero he aquí que, de improviso, y en apenas doce horas, había conseguido un destino que parecía haber sido elegido para él entre todos los puestos posibles del mundo. No era, pues, de extrañar que por la noche, encendido ya el faro, se sintiera atónito y se preguntara a sí mismo si aquello era verdad, temiendo que la respuesta no fuera un “sí”. No obstante, la realidad le daba pruebas irrefutables. Pasaba las horas, una tras otra, en la balconada. Y mirando hasta la saciedad, terminó por convencerse. Daba la impresión de que era la primera vez que veía el mar, porque los relojes de Aspinwall habían dado ya la media noche y él no hacía intención de abandonar su aireada atalaya: sólo miraba. Abajo, a sus pies, sonaba el mar. La lente del faro proyectaba hacia la oscuridad un enorme haz de luz, pero los ojos del anciano iban más allá, hasta perderse en la negra, misteriosa y profunda lejanía que, a veces, daba la impresión de que se aproximaba rauda hacia la luz. Gigantescas olas surgían arrolladoras desde la oscuridad y, borbollando, se estrellaban contra el islote haciendo visibles crestas espumosas que brillaban rosadas bajo el faro. La marea subía y cubría los arenales. El misterioso lenguaje del océano llegaba cada vez con más fuerza y nitidez desde lo más profundo; era como un estruendo de cañones, como el susurro de unos bosques colosales, como el griterío, confuso y distante, de un tumulto humano. A veces, todo quedaba en silencio. Entonces comenzaban a llegar a oídos del anciano grandes suspiros a los que seguían sollozos y, de nuevo, violentos estallidos. Por fin, el viento levantó la niebla, pero trajo nubes tan negras y desgarradas que ocultaron la luna. El viento del poniente comenzó a soplar cada vez con más fuerza. Las olas se abalanzaban furiosas sobre el acantilado del faro y lamían con su espuma la base. A lo lejos rugía una tormenta. En aquel espacio, tenebroso y trémulo, surgieron unos farolillos verdes que colgaban de los mástiles de unas embarcaciones. Aquellos diminutos puntos tan pronto se balanceaban de un lado a otro como se elevaban a una gran altura para, después, descender hasta que desaparecían en la oscuridad. "


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