Antón Pérez (fragmento)Manuel Sánchez Mármol

Antón Pérez (fragmento)

"La marcha continuó en el mismo desorden, sin que el coronel Méndez, único jefe superior, intentara ordenarla; que él iba triste y taciturno, llevado maquinalmente por su caballo, indiferente a cuanto pasaba a su rededor. Cerca de él marchaba Antón Pérez, no menos taciturno que su jefe, presa de las ideas más sombrías, pues con el fracaso de la campaña, sus halagüeñas ilusiones iban tornándose en negro humazo que envolvía su espíritu en hondísima y desalentadora melancolía.
Solían venirle como ráfagas de alucinadora esperanza, e imaginaba que todo podría repararse con mantenerse a pie firme en Cunduacán, y reconfortados los corazones, recomenzar la abandonada campaña, que habría de ofrecerle ancho campo en que hacer valer sus nobles aspiraciones; mas apenas extendía su mirada sobre los soldados en marcha, que parecían soportar penosamente el peso de los fusiles y caminar más como inertes mecanismos que como seres vivientes, volvía a caer en su postración, y entonces, la imagen de Rosalba, como nunca radiante, reaparecía en su cerebro, no benévola y accesible, sino impropicia y como jamás fuera de alcance.
A esa hora indecisa en que huye la luz para ceder el puesto a las sombras, la mermada brigada de operaciones entraba en Cunduacán a la desbandada, y en decaimiento mayor que el que mostrara en el camino, pues ahora se agregaba el de los disparos de los fusiles que los soldados descargaban a su antojo, con lo que difundieron en la villa la alarma y el terror.
El coronel Méndez se cobró a su antiguo Cuartel General, dictó las disposiciones que tuvo por más urgentes y esperó el consejo de la noche.
La primera nueva que le rindieron al amanecer del siguiente día fue que las avanzadas habían desertado en masa. Algo más tarde se le daba parte de que las compañías de Cárdenas y Huimanguillo estaban para llegar a las manos por agravios entre sus respectivos jefes, y que ya se formaban una frente a otra, en son de batalla.
Fuese a ellas, logró calmar la ira de que se manifestaban poseídas, las hizo volver a sus cuarteles, con la promesa de que aquel mismo día serían socorridas y retiradas a sus pueblos. Y así lo hizo, en efecto, despachándolas con prudente intervalo, las de Huimanguillo primero y luego las de Cárdenas, a fin de evitar que en el camino, que para ambas era forzosamente el mismo, se renovara su resentimiento y fueran a destrozarse en escandaloso encuentro.
Cuidó de que aquella noche las avanzadas fueran de gente escogida entre la de mayor confianza, recomendando a los jefes de día las recorrieran con la mayor frecuencia, pues ya circulaban rumores de que los imperialistas, sabedores del desbandamiento que se operaba en las filas de los republicanos, se apresuraban a venir sobre ellos. "



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