Mi travesía de los Pirineos (fragmento)Lisa Fittko

Mi travesía de los Pirineos (fragmento)

"Más arriba de la viña hicimos alto en una estrecha loma. El sol había ido ascendiendo entretanto en el cielo y sentíamos calor; seguramente llevábamos ya caminando cuatro o cinco horas. Mordisqueamos las provisiones que yo había llevado en mi musette, pero nadie pudo comer mucho. Durante los últimos meses se habían ido encogiendo nuestros estómagos -primero los campos de concentración, luego la desorganizada retirada, la pagaille, el caos total.
Mientras descansábamos pensé que aquel camino que atravesaba las montañas resultaba más largo y difícil de lo que, ateniéndonos a la descripción que de él nos había hecho el alcalde, habríamos podido suponer. Sin duda se podía recorrer en mucho menos tiempo, pero eso era si uno estaba seguro del camino, no llevaba encima peso alguno, era joven y gozaba de buena salud. Además, las indicaciones de monsieur Azéma acerca de las distancias y los tiempos eran muy elásticas; esto les suele ocurrir a las personas que viven en zonas montañosas. ¿Cuánto duran «un par de horas»?
Durante el invierno siguiente, cuando recorríamos en ocasiones dos o tres veces por semana el camino que llevaba al otro lado de la frontera, pensé a menudo en la autodisciplina de Benjamin. Me acordé de ella el día en que la señora R. se puso a gimotear en plena montaña: «-Ni siquiera ha traído usted una manzana para mí. Yo quiero una manzana». Y también el día en que el señor consejero de gobierno, el Dr. H., tuvo en más aprecio su abrigo de piel que su seguridad (y la nuestra). Y asimismo el día en que a una señorita le entró de repente el vértigo de las alturas y quiso sencillamente morirse. Pero éstas son otras historias.
En aquel momento yo estaba sentada en lo alto de los Pirineos, comía un pedazo de pan que había comprado con cupones falsificados, y empujaba los tomates hacia Benjamin al oír que me preguntaba.
-Estimada señora, si me lo permite, ¿puedo servirme?
Así era el viejo Benjamin, ceremonioso como un cortesano español.
De repente, caí en la cuenta de que aquello que había estado mirando medio adormilada era un esqueleto blanqueado por el sol. ¿Tal vez una cabra? Por el cráneo lo parecía. Encima de nosotros giraban en el cielo, que era de un azul meridional, dos grandes pájaros negros. Sin duda eran alimoches. ¿Qué esperaban de nosotros? Entonces pensé: qué extraño, en circunstancias normales me habrían puesto nerviosa los esqueletos y los alimoches.
Nos levantamos otra vez y reanudamos la marcha. Ahora nuestro camino ascendía con suavidad, pero sin duda su dificultad hacía sufrir a Benjamin. A fin de cuentas llevaba caminando desde las siete. Andaba ahora más despacio que antes, y las pausas que hacía eran más largas, pero siempre cronometradas. Parecía estar enteramente absorbido en mantener el ritmo. "



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