Escal-Vigor (fragmento)Georges Eekhoud

Escal-Vigor (fragmento)

"Naturalmente, la popularidad de Dykgrave se debía en gran parte a la mera adulación del lucro y la codicia, ya que la mayoría de los patanes aman groseramente, a su manera, de modo que los podres diablos de Klaarvatsch no podrían gozar seriamente de la estima de su joven señor.
En realidad se trataba de un enemigo confeso. Y es que se sabía perfectamente que no era conciliable en absoluto con el sentido común preservar una actitud pudibunda y mojigata para tratar de dominar a Balthus Bomberg. Cada domingo, el Ministro se sentía ofendido por la impiedad y el manifiesto libertinaje de Dykgrave y amenazaba con arrojar al averno a aquel malhadado libertino, lobo rapaz en medio de gráciles ovejas; especialmente se sentía zaherido por el hecho de que pudiera tener entre sus visitantes al valiente Escal-Vigor, en aquel diabólico castillo ahíto de perversas y escandalosas desnudeces.
Aunque le hubiera disgustado la muerte del burgomaestre, llevado por fanático celo, la bilis de aquel pequeño hombre se enojaba en no menor medida contra cualquier vestigio sectario y su ánimo tribulaba en pos de señalar la enormidad del peligro a los peregrinos que pudieran confiar la educación del joven Guidon a un personaje tan rico como malvado en aquella comunidad basada en el concubinato y la más zafia impiedad. Como todos los calvinistas inveterados, Balthús, traicionaba la asunción de cualquier tipo de propensión iconoclasta. Podía llegar a temer la iracundia de los agricultores y campesinos, vinculados desde antaño a las antiguas reliquias que le recordaban la intransigencia de sus antepasados y, de hecho, él mismo había ordenado rayar el fresco del Martirio de San Olfgar.
Kehlmark le resultaba doblemente odioso, en calidad de pagano y en calidad de artista. Con tal de intimidar al burgomaestre, Balthús lo convocó tratando de sobornarlo y arrancar así a su hijo de las garras del corrupto, y es que en caso contrario no dudaría en desheredar tanto a Claudie como a Guidon, a pesar de la veneración de sus tías. Michel y Claudie, se habían enamoriscado cada vez más del ominoso Dykgrave y ni toda la fuerza de la iglesia podía acometer tales burlas y sarcasmos. Guidon, a quien abordó un día cerca del parque Escal-Vigor, no quería escucharlo en absoluto y le daba la espalda, encogiéndose, esbozando invariablemente un gesto de indecible libertad. "



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