Punto de fuga (fragmento)Alejandro Gándara

Punto de fuga (fragmento)

"Las luces rojas iluminaban los pasillos de Multicentro como las arterias de un corazón escondido, puede que la mujer estuviera todavía adentro, la veía otra vez haciendo los números de su desastre sin echar en falta nada, dando vuelta a los papeles con un entusiasmo cegador, supuse que en la desesperación ya no se esperaba nada, ni siquiera lo peor, hacer daño a los otros era una forma de conocerlos mejor (hacer daño a los otros era una forma de conocerlos mejor) no sabía tantas cosas la primera vez, al principio solo un reflejo aunque sabio de un golpe invisible, llevaba esperando a B. más de una hora en los bancos de piedra del Prado, esperándola allí después de haber estado encontrándola sin querer durante tres años en la misma cara y ahora la espera convirtiéndose en una especie de anomalía dolorosa, estaba seguro de que no vendría y, como ocurre en esos casos, dejar de esperar suponía perder toda esperanza de que viniera, podía soportar que no llegara mientras la estaba esperando pero no me sentía capaz de no esperarla, no la echaba en falta, acaso la anomalía dolorosa, solo quería que viniera para levantarme de aquel banco aunque fuera para repetirme lo que ya me había repetido sin necesidad, yo lo entendí desde el primer momento, yo me marcho, todo el mundo dice la verdad en esa circunstancia a pesar de que después no se marche, se ha ido, ya, había un japonés en el otro extremo de un espacio lleno de paquetes y de aparatos de fotografía, no era un japonés habitual, no usaba camisas botánicas ni miraba con ojos atontados de turista, a lo mejor, su única peculiaridad era que me lo había encontrado yo, en aquel momento y ocasión, aun así, sospeché un viejo guerrero al que del oficio no le quedaba más que la marcialidad delineada en un gesto perpetuo de autocontrol como si los dioses familiares esperasen un instante de desfallecimiento para arrastrarle con ellos y él fuera demorando ese instante por hábito y sin convicción, su rigidez estaba ya tan ausente de la vida que era difícil imaginarse la trasformación que en su rostro produciría la muerte, en su boca el sabor de la ausencia no sería un sabor desconocido, morir le sería tan dificultoso como tragar saliva, probablemente se preguntaba si aquel era el lugar definitivo pulsando sus músculos con técnica de brahmán, sintiendo el movimiento y el cese y calculando el último ¿qué clase de relación tenía con aquellos trastos que a pesar de todo eran suyos? como respuesta, el viejo se deshizo de una de las correas de las cámaras anudada todavía en la muñeca, solo entonces pareció concentrado en algo distinto y los ojos, saliendo de la penumbra autoanalítica, me miraron de rebote y se quedaron un largo segundo: su intuición de luchador le advertía quizá de una irregular proximidad… "


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