Los disparos del cazador (fragmento)Rafael Chirbes

Los disparos del cazador (fragmento)

"A medida que la casa de Misent iba creciendo en altura y su espacio se ordenaba mediante los tabiques que le nacían dentro, yo pensaba a veces que Manolo, el hermano de Eva, seguía ejerciendo su influencia benéfica a través del niño que llevaba su nombre.
Volví a pisar la casa de mis padres, aunque mi padre siempre se adelantara a coger al niño y cuando me dirigía la palabra lo hiciese mirándolo fijamente a él. Nunca me dijo: «Vendrás a comer con nosotros». Decía: «Traerás al niño a comer a casa». Y yo me sentaba en la mesa como acompañante y entendía que era su orgullo el que nos impedía hablar.
Tampoco con mis suegros sellamos por completo el agravio, y si mi suegra, más positiva, me llamó hijo desde su primer viaje a Madrid, mi suegro mantuvo el tú despectivo al que me había acostumbrado durante el tiempo que me tocó trabajar para él, y en la mesa no vacilaba en servirse el primero y en ponerse a comer antes de que la sopa hubiera llegado a mi plato, como dejando claro que yo seguía formando parte del servicio, aunque ya por entonces fuese yo, y no él, el propietario de la Consignataria Romeu, del Garaje Romeu y de la Joyería Romeu, y tuviera que pasarles una pensión disfrazada de pago a plazos por la adquisición de su emporio, porque ellos estaban absolutamente arruinados.
Él nunca aceptó que yo entrase como un igual suyo en aquella casa, no admitió que tenía la suficiente fuerza de voluntad para acabar siendo como ellos, para estar incluso por encima de ellos. No es de extrañar, porque, en el fondo, don Vicente Romeu pensaba exactamente igual que mi padre. Para ambos, yo no era más que un oportunista con escasos escrúpulos. Mi padre sentía el oportunismo por abandono, y don Vicente Romeu por intromisión.
De no haber sido por Manolo o, mejor dicho, por la enfermedad de Manolo, yo nunca hubiera pasado de ser el muchacho recién licenciado del ejército que le traía la tartera con la comida al contable, un maestro republicano a quien don Vicente había sacado de la cárcel y a cuyo hijo ocupaba la familia Romeu en algunos quehaceres. Pero Manuel se fijó en mí y empezó a utilizarme para llevar el correo y para ayudarle a revisar algunos pedidos. Me tomó una simpatía que fue creciendo a medida que se desarrollaba en él la enfermedad que lo dejó en una silla de ruedas primero y que luego acabó llevándoselo en plena juventud. "



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