El monje Laskaris (fragmento)Gustav Meyrink

El monje Laskaris (fragmento)

"Las miradas asombradas de los clientes se dirigieron hacia un hombre cuyo aspecto tenía que llamar la atención incluso en el presente Berlín, en el que el número de extranjeros procedentes de todos los países habidos y por haber no paraba de aumentar. El extranjero era de mediana estatura, pero su actitud rígida y orgullosa le daba una mayor prestancia. Llevaba la cabeza, con un pelo oscuro y rizado, sin polvos ni postizos. Bajo la pálida frente brillaban los ojos oscuros del tipo mediterráneo. La prominente nariz, los finos labios, el cuerpo bien formado con las manos delgadas y los gráciles pies, todo esto confirmó la impresión de que se trataba de un hombre de estirpe noble.
Las frías y sorprendentes palabras con que el forastero había saludado tan bruscamente al farmacéutico, no se habían pronunciado, sin embargo, con un tono ofensivo y tampoco, por extraño que parezca, fueron acogidas así por los oyentes. Más bien resonaron con solemnidad e hicieron enmudecer al círculo de ciudadanos. El señor Zorn, por su parte, ocultó su desagrado tras una inclinación respetuosa.
Mientras tanto, el extranjero hizo un fugaz gesto con la mano tanto hacia el farmacéutico como hacia el círculo de clientes, como si también quisiera dirigirse hacia ellos, y prosiguió hablando con un tono mucho más complaciente.
—No denigréis, querido maestro, la fuerza misteriosa para cuya indagación tan sólo os falta la clave. El gremio, señores míos, es omnipresente y eterno, como el mundo. Tan sólo que no a todo ojo y a toda mano se le abre la sagrada puerta. Pese a vuestros esfuerzos, señor farmacéutico, tal vez no se os abra nunca, pues hay que solicitarlo. Si los señores aquí presentes, cualquiera que sea su número, quisieran estar presentes mañana, a la misma hora, podrán asistir a algo extraordinario. Después dejaré a su discreción si quieren creer o no.
El extranjero, tras estas palabras, de las que al parecer no esperaba respuesta alguna, pasó sin más al lado del señor Zorn y se dirigió a la puerta situada frente a la entrada, tras la cual se encontraba el laboratorio de la farmacia. El señor Zorn se apresuró a abrirle esa puerta con un exagerado gesto solícito. El extranjero pasó sin detenerse y desapareció en el santuario de la farmacia. Los ojos de los clientes siguieron perplejos a aquella extraña aparición y no sin cierto temor. "



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