Next (fragmento)Michael Crichton

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"Barry Sindler estaba harto. La mujer que tenía enfrente no paraba de refunfuñar. Era la típica ricachona del Este que llevaba bien puestos los pantalones. Se comportaba a lo Katharine Hepburn: segura de sí misma, con voz nasal y acento de Newport. Sin embargo, a pesar de su aire aristocrático, lo único que sabía hacer era tirarse al profesor de tenis, como todas las cabezas de chorlito con tetas de silicona de Los Ángeles.


No obstante, iba bien acompañada por el imbécil de su abogado, vestido con su traje de raya diplomática, camisa de cuello abotonado, corbata de moaré y ridículos zapatitos de cordones de puntera picada, un memo salido de Ivy League que se llamaba Bob Wilson. No hacía falta pensar mucho para adivinar por qué todo el mundo lo llamaba Wilson el Blanco. Nunca se cansaba de recordarles a los demás que había estudiado en Harvard, como si les importara un carajo. A Barry Sindler no, desde luego. Sabía que Wilson era un caballero, lo cual equivalía a ser un gallina. No se le tiraría al cuello.

Sindler, en cambio, siempre se tiraba al cuello de sus víctimas.

La mujer, Karen Diehl, seguía hablando. Santo Dios, cuánto hablaban las putas ricachonas. Sindler no la interrumpía porque no quería que el Blanco anotara en el informe que Sindler la estaba acosando. Wilson se lo había advertido ya cuatro veces. Pues muy bien, que la bruja hablara cuanto quisiera. Que contara con todo lujo de detalles la agotadora y pasmosamente aburrida historia de por qué su marido era un padre pésimo y un jodido sinvergüenza. A fin de cuentas, era ella quien le había puesto los cuernos.

No es que eso fuera a salir a relucir ante el tribunal. En California no hacía falta inculpar a ninguno de los esposos para conseguir el divorcio, no tenía por qué ocurrir nada en particular, bastaba con que existieran “diferencias irreconciliables”. Sin embargo, la infidelidad de la mujer siempre animaba el proceso. En manos de un experto, como por ejemplo Barry, este hecho podía tergiversarse con facilidad para insinuar que aquella mujer tenía prioridades que le importaban más que sus queridos hijos. Desatendía sus necesidades, no era una tutora de fiar, era una egoísta que solo se preocupaba de su propio bienestar mientras los niños quedaban al cuidado de la asistenta hispana. "



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