La reina de los cipayos (fragmento)Catherine Clement

La reina de los cipayos (fragmento)

"Zafar velaba con celo por que las relaciones entre hindúes y musulmanes, sus súbditos, fueran armoniosas. Él mismo era musulmán, llevaba el cordón sagrado de los brahmanes, celebraba todas las fiestas hindúes y protegía a las vacas. No podía hacer más, pero eso, desde luego, lo cumplía a rajatabla.
John Company lo consideraba corto de luces por culpa del opio y el gobernador se mofaba de sus debilidades, vamos, decía, un tipo que se cree capaz de metamorfosearse en mosca, ¿cómo va a ser emperador?
John Company no entendía nada de nada. Como el gran Akbar, Zafar era un inspirado que mezclaba con fervor las prácticas de los sufíes con las del yoga, entregándose sin recelo a los mitos más profundamente arraigados que aún hoy persisten en la India. Un auténtico yogui tiene poderes mágicos, sabe metamorfosearse. ¿En mosca? ¿Y por qué no?
Pese a estar representado por los aristócratas más eminentes de Inglaterra, John Company no tenía ya curiosidad por los sabios ejercicios meditativos del austero soberano. Le parecía grotesco, ya no buscaba comprenderlo y lo juzgaba sin reparos. Ese viejo deliraba, lo sabía todo el mundo. De todas maneras era un indígena, un «native».
Insignificante.
Y, mientras en Meerut los ingleses se despliegan en plena noche en el terreno de maniobras contra enemigos desaparecidos desde hace varias horas, los primeros rebeldes llegan al galope al pie de las murallas de Delhi, a las ocho de la mañana. Es el 11 de mayo.
A tres kilómetros de allí, en el acantonamiento inglés, las tropas de John Company han madrugado mucho para oír a las seis de la mañana la lectura pública de la condena a muerte de uno de sus compañeros cipayos en Barrackpur. Los cipayos han protestado, los oficiales ingleses no se inquietan. Están demasiado lejos, aún no saben nada.
A esa hora empieza la matanza de los blancos en Delhi. Los que están en la calle y los que están en el Fuerte Rojo, cuyas puertas se fuerzan fácilmente, pues los soldados de guardia no oponen resistencia. Toman como rehenes a cincuenta mujeres y niños europeos; con los hombres no muestran piedad.
Los cipayos buscan a su soberano en sus apartamentos, el anciano se muestra renuente y envía un mensajero a la ciudad de Agra para pedir ayuda, pero el mensajero no llegará. "



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