Al amigo que no me salvó la vida (fragmento)Hervé Guibert

Al amigo que no me salvó la vida (fragmento)

"Tras descalzarnos y atravesar en calcetines un patio de grava helada, entramos en una gran estancia igualmente glacial, en la que había un inmenso tambor cerca de un altar, y una decena de escribanías dispuestas en fila en el suelo, delante de cojines, con pinceles, barras pequeñas de tinta a desleír, cubiletes y, sobre el pupitre, pergaminos en los que filigranas de signos complejos formaban, nos dijo Aki, palabras incomprensibles hasta para él, pero que constituían, gracias a su disposición y a su número, una plegaria, la plegaria ritual y misteriosa del Templo del Musgo, que sus monjes, acompañándola de manera rítmica con monótonos golpes en el tambor, nos obligaban a pronunciar íntegramente y en silencio, si queríamos penetrar en el milagroso jardín de los musgos y merecer la belleza de semejante visión; para ello había que caligrafiar uno a uno todos los signos de la plegaria, reinventándola sin comprenderla, llenando de tinta de la manera más minuciosa posible el espacio vado que había entre las filigranas. Albert, el marido de Eugénie, lanzó al aire su pergamino echando pestes: esos bonzos eran unos bandidos que nos chantajeaban, hacía un frío que pelaba, había que contar por lo menos dos horas, a razón de cinco minutos por signo, para acabar de caligrafiar el pergamino que quizá no era más que una sarta de estupideces, además permanecer sentado tanto tiempo en la posición del loto producía calambres terribles y hormigueos en las piernas, por lo que se fue de la sala y no pudo entrar en el jardín de los musgos. Anna y yo, al lado uno del otro, nos tomamos en serio la tarea, rivalizando en la concentración necesaria para copiar los signos lo más delicada y exactamente posible, sin hacer borrones. Aki nos había explicado que tras acabar debíamos poner nuestro nombre junto a un deseo encima de la plegaria y dejarla sobre una prensa delante del altar, pues la actividad a la que dedicaban su vida los monjes del Templo del Musgo consistía en rezar para que los deseos depositados allí por algunos escasos desconocidos se realizasen. Tras dos horas de trabajo realizado con extrema concentración, gracias a la cual habíamos olvidado los calambres y el paso del tiempo, yo estaba a punto de formular mi deseo, el deseo que no había podido formular en el otro templo, un deseo que esta vez no se evaporaría al mismo tiempo que la vela ofrecida para que se realizase. Pero yo tenía miedo de que Anna, a causa de su curiosidad, leyera mi deseo, y tuve la buena idea de cifrarlo; pero antes miré por encima de su hombro para ver el suyo. Acababa de escribir: «La rueda, el peligro, la aventura», luego había tachado «el peligro», pero no quise saber qué otra palabra había puesto en su lugar. Escribí mi deseo cifrado de supervivencia para Jules y para mí, y Anna me preguntó inmediatamente qué significaba mi inscripción. Entonces pudimos entrar en el increíble jardín de los musgos. "


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