La filosofía no escrita (fragmento)F.M. Cornford

La filosofía no escrita (fragmento)

"No existen castas hereditarias, sino unos estratos de la sociedad en los cuales los ciudadanos de cada nueva generación se van distribuyendo, únicamente en virtud
de su temperamento y habilidades naturales. Primero está el tipo del comerciante, los amantes de la riqueza y de los goces que la riqueza puede comprar. En segundo lugar, los amantes de la gloria y del poder, que desean distinguirse en la vida activa. En tercer lugar, los hombres a quienes Platón llama filósofos, los amantes de la sabiduría y del conocer, los espectadores de toda edad y de toda existencia; expresión ésta que recuerda una anécdota sobre Anaxágoras, el amigo de Pericles. Cuando le preguntaron a Anaxágoras qué era lo que según él hacía la vida digna de vivirse, replicó: "El estudio de los cielos y del orden en todo el mundo".
Pues bien, si es verdad que los hombres pueden ser aproximadamente agrupados de acuerdo con esas variedades temperamentales de su móvil predominante, y si la sociedad puede servirse de este hecho natural, entonces existe la posibilidad de que estos tipos divergentes persigan cada uno su propia satisfacción, juntos, sin competición ni conflicto. Tal es la clave de la solución platónica al problema social. No propone convertir a todos sus ciudadanos al ideal de un solo tipo humano, sino más bien reclutar a los individuos de cada tipo, tan pronto como sus disposiciones puedan averiguarse, para el puesto que les es propio, y asegurarse de que permanezcan en él y cumplan con su función. Lo que a Platón le parecía fallido en la sociedad existente era que todos esos tipos humanos no se mantenían en el lugar que les era propio. Los tipos del emprendedor y el ambicioso siempre tratan -y con éxito- de controlar la vida del Estado y de dirigir su acción hacia las metas que ellos valoran. De aquí que la sociedad sea gobernada por hombres a quienes no es posible concebir fin más alto que hacer de su país el más rico y el más poderoso. Por desgracia, la riqueza y el poder son lo que Aristóteles llama "bienes por los que se puede luchar"; ni el individuo ni el Estado pueden condescender ante un ilimitado apetito hacia ellos si no es a costa de los demás. El único remedio que Platón podía ver consistía en transferir el poder político supremo al tercer tipo. El objeto de su apetito no es un objeto de competición. Si un hombre adquiere saber, ello no es a costa de su vecino. Por el contrario, cuanto más saber consiga, tanto mejor resultará para los otros, si saben sacar ventaja de ello. Tal ventaja consiste en constreñirle -por más reacio que se sienta- a que tome el mando del Estado. "



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