Morir en Irún (fragmento)Mario Salegi Ostolaza

Morir en Irún (fragmento)

"Al no salir los jefes del Partido Nacionalista Vasco en defensa de la independencia vasca en estos primeros días del alzamiento, la traición de los mismos a los intereses nacionales se había puesto en marcha. Yo estaba seguro y muchos de mis camaradas también, de que fuerzas externas habían impulsado a los dirigentes del Partido Nacionalista a salir en defensa del Frente Popular. Y con esto iban a convertirse en un instrumento inesperado para prolongar el conflicto iniciado. Pues con la participación del Partido Nacionalista a favor de la República había negado al general Mola el Norte de la Península y las reservas humanas tan necesarias para el triunfo de la rebelión en una breve campaña.
Por nuestra historia sabíamos que la cuestión española estaba en manos de los Estados democráticos europeos. La contienda española amenazaba el equilibrio europeo. Pues todos nosotros sabíamos que con una campaña breve y una victoria de las fuerzas rebeldes, y fuerzas pro alemanas en el Mediterráneo, en el Marruecos español, en el Atlántico y en las Islas Canarias, el equilibrio europeo quedaba completamente desmantelado. Y esto nos hacía creer que los reveses que estábamos sufriendo por la falta de armas y municiones cambiarían en un futuro cercano, a pesar de la formación del Comité de No Intervención. Pero los dirigentes españoles tenían a su alcance el arma más importante: la amenaza de la ruptura del equilibrio europeo en 1936. Si Francia e Inglaterra eran incapaces de presionar a Portugal, Italia y Alemania de que inmediatamente cesaran su intervención militar a favor de las fuerzas rebeldes, el Gobierno de la República del Frente Popular podía declarar la guerra a los tres países totalitarios. Esto hubiera provocado una guerra europea o las fuerzas nazis se hubieran colocado en los Pirineos amenazando a Francia y a las líneas de comunicación del Imperio Inglés.
Pasamos con paso rápido el edificio de piedra del Kursaal. A la puerta haciendo guardia había un destacamento de milicianos con grandes pañuelos rojos y con sus nuevos fusiles Mauser tomados en el Cuartel de Loyola. El edificio del Kursaal se había convertido en cheka. El lugar era ideal y discreto. Detrás del Kursaal había un pequeño paseo poco frecuentado y que daba al mar.
Pasando el Puente del Kursaal, se despidieron algunos de nuestros camaradas que habitaban por la parte nueva de la ciudad.
Si las calles y avenidas de la barriada de Gros estaban desiertas, el Bulevar hervía de vida. Coches y camiones pasaban rápidos cargados de milicianos con sus buzos nuevos, uniforme de las milicias obreras; se dirigían al frente, no a combatir a los rebeldes, sino a fortificar todos los accesos a la ciudad. La lucha era entre fusiles contra fortificaciones hechas sin pies ni cabeza. Había que encauzar la tremenda energía que bullía en el pueblo de una manera u otra. "



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