El secreto de Wilhelm Storitz (fragmento)Jules Verne

El secreto de Wilhelm Storitz (fragmento)

"El capitán Haralan se detuvo, y su mirada se fijó un instante en aquellas persianas corridas mientras un suspiro se escapaba de su pecho y su mano bosquejaba un ademán de amenaza, pero sin pronunciar una palabra.
Dada vuelta a la casa, subimos por el bulevar Tekeli y nos detuvimos cerca de la morada de Storitz. Un hombre paseaba ante la puerta con las manos en los bolsillos, como un indiferente: era el jefe de policía. El capitán Haralan y yo nos reunimos con él.
Casi enseguida aparecieron seis agentes en traje de paisano, quienes, a una señal de su jefe, se alinearon a lo largo de la verja. Les acompañaban un cerrajero, llamado para el caso de que fuera menester descerrajar la puerta.
Como de costumbre las ventanas de la casa de Wilhelm Storitz estaban cerradas.
-No hay nadie, sin duda -dije al señor Stepark.
-Vamos a saberlo -me respondió-, pero me sorprendería que la casa estuviera vacía; vea usted a la izquierda el humo que se escapa de aquella chimenea.
Un hilillo de humo se elevaba por encima del techo.
-Si el dueño no está en su casa -agregó el jefe de policía-, es probable que esté el criado, y para abrirnos la puerta poco importa que sea el uno o el otro.
Por lo que a mí hace y teniendo en cuenta la presencia del capitán Haralan, habría preferido que Wilhelm Storitz estuviese ausente, y hasta que hubiera abandonado Raab.
El jefe de policía tiró del llamador, y aguardamos a que alguien se presentase, o que nos abriera la puerta desde el interior.
Un minuto transcurrió. Nadie. Segunda llamada.
-Tienen el oído duro en esta casa -observó el señor Stepark.
Luego, volviéndose hacia el cerrajero le dijo:
-Abra usted.
El cerrajero eligió un instrumento de los que a prevención llevaba y la puerta cedió sin dificultad.
El jefe de policía, el capitán Haralan y yo penetramos en el patio. Cuatro de los agentes nos acompañaron, mientras los otros dos permanecían en el exterior.
Al fondo, una escalinata de tres peldaños daba acceso a la puerta de entrada de la casa, cerrada como la de la verja.
El señor Stepark llamó dos veces con su bastón.
Nadie le contestó y ningún ruido se dejó oír en el interior de la morada.
El cerrajero introdujo una de sus llaves en la cerradura y la puerta se abrió enseguida.
-Entremos -dijo el señor Stepark.
El jefe de policía dio unos pasos por el corredor iluminado por la luz que penetraba desde el jardín y gritó con voz fuerte:
-¿Hay alguien aquí?
No recibió respuesta ni después de repetir la llamada; ningún rumor se percibía en el interior de aquella casa. Lo único que oímos fue algo así como un frotamiento en una de las habitaciones laterales. Pero aquello era, sin duda, una ilusión.
El señor Stepark avanzó hasta el fondo del corredor. Yo iba detrás de él y el capitán Haralan me seguía.
Uno de los agentes se había quedado de guardia en la escalinata de la entrada.
Abierta la puerta pudimos, con una sola mirada, recorrer el jardín entero, en el que todo denotaba claramente la incuria y el abandono. "



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