El tiempo de la ira (fragmento)Luis Spota

El tiempo de la ira (fragmento)

"Esa noche, después de cenar juntos, el Caudillo y Lucila recorrían en la limusina algunas de las nuevas obras de la metrópoli. A fuerza de frecuentar a su amiga, el general había olvidado la timidez y era hasta parlanchín. El tema de sus largos monólogos era casi siempre su trabajo.
—Esta mañana, durante la audiencia pública, recibí una lección —comenzó a narrar. El auto rodaba lentamente, seguido a un centenar de metros por otro lleno de policías de Flynn. Se acercó a mí un maestro rural amigo mío, Ricardo López de nombre, a quien acompañaba un niño indígena de unos diez años. El chico no hablaba castellano y el maestro, que le servía de intérprete, me hizo saber que el muchacho solicitaba una beca de las que ofreció el gobierno y que se agotaron el mes pasado. Estaba yo preocupado por otros asuntos más serios, como el de los bananeros, y respondí secamente que no había más becas. El niño seguramente comprendió que mis palabras eran de negativa y dijo algo, en su lengua, al profesor. Pregunté a éste qué había dicho. «Dice —me respondió— que él está aquí por su culpa, señor presidente.» ¿Por mi culpa? «Sí, señor presidente, porque cuando habló de nuestro pueblo usted dijo que la Revolución Libertaria se había hecho para los pobres y para los indios, y él lo creyó» —los ojos del Caudillo brillaban de emoción al rememorar el incidente de esa mañana. Como usted entenderá, querida amiga, yo no podía defraudar a ese indito, y aunque ya no las había, hice que le dieran su beca. Fue una gran lección en verdad, que me ha hecho reflexionar sobre la responsabilidad que contrae un funcionario cuando empeña su palabra al pueblo…
La limusina abandonó la avenida y enfiló hacia una de las zonas residenciales. Parecía como si Juan hubiese sido previamente aleccionado para alterar el itinerario del paseo. Al cabo de un tiempo que el general llenó hablando de muchas cosas, el vehículo se detuvo frente a una sólida puerta de hierro, que se abrió sin que nadie lo pidiera. Al fondo, brillantemente alumbrada, lo mismo que los jardines circundantes, se alzaba una hermosa residencia. «Al fin se ha decidido», pensó alegremente sorprendida la señorita Vidal, suponiendo que era allí donde el general tenía su garçonière. «Será ésta la primera vez», se dijo, mientras Darío le brindaba el apoyo de su mano para que descendiera del vehículo.
Lucila Vidal se sorprendió bastante al descubrir en el pórtico de la mansión a su propia sirvienta, que sonreía como si igual que su ama estuviese viviendo un glorioso momento. "



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