La bolchevique enamorada (fragmento)Manuel Chaves Nogales

La bolchevique enamorada (fragmento)

"El tiempo apremiaba y la princesa retenía desesperadamente al amado, invitándole a la heroica resolución. «Hay que morir», repetía. Él era joven, tenía los ojos llenos de luz, la fauce sedienta y la nariz ansiosa de fragancias. «Hay que morir», le repetía ella obsesionante. «Hay que morir», repitió él finalmente, vencido por aquella sugestión catastrófica, más fuerte que el latido de su sangre joven. Una hora más de placer y después se arrojarían al abismo desde aquel mirador abierto sobre la terrible sima.
Cuando el confuso rumor de la gente de armas anunció que el señor entraba en el castillo, los amantes se desligaron. Saltó él del lecho en un supremo esfuerzo y se asomó al mirador. Ella le siguió alucinada.
Todavía, un instante, volcado sobre el alféizar, miró con sus ojos ansiosos y abarcó todo esta campiña riente, la cadena de las montañas que azuleaba a lo lejos, el humo quieto que se elevaba de los hogares, las nubecillas, el sol… Era todo un hombre y cerró los ojos, besó por última vez a su amante y diciéndole: «Ven», se tiró de bruces sobre el abismo.
Ella se encaramó también sobre el alféizar; vio cómo el cuerpo del amado iba rebotando en las peñas hasta perderse allá en el fondo de la sima y se tapó los ojos horrorizada. «Hay que morir, hay que morir», se repetía.
Reuniendo todas sus fuerzas se incorporó y echó el busto hacia afuera; también quiso mirar, como él, la campiña por última vez. Abrió los ojos y se le quedó la mirada prendida en un gancho del paisaje, un bosquecillo que cabeceaba con la brisa, el hilillo quebrado de un arroyuelo, el contorno caprichoso de una nube… Sus labios seguían diciendo maquinalmente: «Hay que morir», mientras sus ojos acariciaban el paisaje como antes habían acariciado al amado.
No se mató. Cuando sus azafatas entraron a buscarla, seguía con las uñas clavadas en las jambas de la ventana, el cuerpo echado hacia fuera sobre el abismo y los ojos embelesados siguiendo el vuelo de dos avecillas.
Las azafatas la vistieron, la perfumaron y la llevaron al lecho de su señor. "



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