La marcha Radetzky (fragmento)Joseph Roth

La marcha Radetzky (fragmento)

"Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente. Durante mucho tiempo la muerte del comandante médico y del conde de Tattenbach siguió conmoviendo los ánimos de los oficiales y de la tropa del regimiento de ulanos e, incluso, de los mismos paisanos. Se enterró a los muertos de acuerdo con los ritos militares y religiosos de reglamento. Sobre las causas de su muerte los compañeros no soltaron palabra, excepto entre ellos; con todo, fue cundiendo entre la población civil de la pequeña ciudad la idea de que ambos habían sido víctimas del severo código del honor militar. A partir de ese momento, todos los oficiales que habían sobrevivido parecían llevar marcada en el rostro la señal de una muerte próxima y violenta. Para los comerciantes y los obreros de la pequeña ciudad resultaban todavía más extraños aquellos jerarcas forasteros. Los oficiales se movían como adeptos incomprensibles de una deidad remota y cruel, de la cual eran, al mismo tiempo, la víctima propiciatoria en lujoso y multicolor atavío. Al verlos pasar, la gente movía la cabeza en un gesto de incomprensión. Incluso se les compadecía. «Tienen muchas ventajas —reflexionaba la gente—. Pueden pasearse con el sable al puño y gustar a las mujeres. Y el emperador se ocupa personalmente de ellos, como si fueran sus propios hijos. Pero en menos que canta un gallo ya se han ofendido y la cosa hay que lavarla con sangre». En fin, su situación no era envidiable. Incluso el jefe de escuadrón Taittinger cambió su actitud acostumbrada, a pesar de que, según afirmaba, ya había visto algunos duelos fatales en otros regimientos. Mientras los despreocupados y revoltosos de antes se mostraban ahora abatidos y desalentados, se observó que una sorprendente inquietud se apoderaba del jefe de escuadrón, delgado y goloso y antes siempre tan sosegado. Ya no podía pasarse horas enteras en la pequeña pastelería devorando dulces ni tampoco jugando al dominó o al ajedrez, ni solo ni con el coronel. Temía la soledad. Se aferraba a los compañeros. Si no había alguno a la vista entraba en una tienda para comprar cualquier tontería. Allí permanecía largo rato, hablando de cualquier bobada con el tendero, y le costaba horrores decidirse a salir, excepto que viera pasar por la calle a una persona más o menos conocida, hacia la cual se precipitaba. ¡Hasta tal extremo había cambiado el mundo! El casino se había quedado vacío. Ya no se emprendían aquellas alegres excursiones a la casa de la señora Resi. Los ordenanzas apenas tenían nada que hacer. Si alguno pedía una copa de licor, al contemplarla pensaba que era precisamente la que había utilizado Tattenbach unos días antes. Seguían contándose las viejas anécdotas de siempre, pero ya nadie reía a carcajada suelta; como máximo se esbozaba una sonrisa. Al teniente Trotta sólo se le veía en las horas de servicio. "


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