La conspiración de los idiotas (fragmento)Marcos Aguinis

La conspiración de los idiotas (fragmento)

"Cuando un acontecimiento baladí, pero fuera de programa, imponía una variación a su actividad reiterativa, entonces sobrevenía algo parecido a cuando se corre el dial de la radio: un caos de gruñidos y sibilancias. Daba manotazos ciegos en el mar de la calle hasta que mi brazo, como madero salvador, lo reinstalaba nuevamente en su riel. Miguelito volvía a funcionar. Esto confirmó mi sospecha sobre la analogía entre el robot y el oligofrénico. Y las tremendas conclusiones que esta analogía aportaba sobre el futuro de todos los humanos. Los oligofrénicos dejaban de ser inútiles: se convertían en un ejército atroz. Dejaban de ser inocuos: se convertían en instrumentos peligrosísimos. Dejaban de ser indeseables: se convertían en mercancía de alta cotización. Yo lo sabía, faltaba demostrarlo.
Obtuve otras noticias. Sus gesticulaciones no sólo eran un lenguaje: eran una técnica. La vieja y últimamente retaceada técnica de la alquimia. A la alquimia se le colgó una etiqueta infamante diciendo que se proponía, con pedestre utilitarismo, transmutar metales en oro; ahora se sabe que su verdadero objetivo era la transmutación del hombre. Y bien: ¡el oligofrénico es un hombre transmutado! ¿Qué tal? Los alquimistas obedecieron el principio de la repetición incansable e infinita de un procedimiento. Destilaron cien, quinientas, mil veces la misma agua. En sus locales, donde ardían hornos y vibraban alambiques día y noche, donde el fuego de los tizones apenas revelaba la fiebre de los espíritus, se lograron resultados sorprendentes. Baste señalar que, gracias a la destilación perseverante, llegaron al agua pesada varios siglos antes de la era atómica, como ya lo reconoce una lista creciente de historiadores.
Ante mis sentidos se desgarró pues otro tul de la incertidumbre. Apareció un hombre pequeño, con cabellos de paja y gordas patillas, de edad indefinible y cabeza grande —como ajena al resto del cuerpo—, para certificar mis pensamientos. Podía identificarlo con uno de esos muñecos extraterrestres que se imaginan los dibujantes de historietas (precisamente, él escribía ciencia-ficción). Se llamaba Pedro Vulcano Morrás y era el último de los alquimistas. En un principio simuló, por prudencia, no coincidir con mi teoría sobre el carácter transmutado del oligofrénico. Y yo continué mi tarea con Miguelito para reunir mayores pruebas e inclusive contárselas a este hombrecito macrocéfalo, quien, a su vez, me duchó con revelaciones. "



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