Las chicas de Sanfrediano (fragmento)Vasco Pratolini

Las chicas de Sanfrediano (fragmento)

"Bice lo esperaba sentada en un banco, en la plazoleta del otro lado del puente, bajo la estatua de Goldoni, con una fotonovela en la mano y el bolso colgando de un hombro y sujetado bajo la axila. Era una muchacha también ella en los veinte años, pálida y rubia, los labios apenas tocados por el rouge, y un rostro de adolescente ya florecida, más a quien la experiencia del mundo y las cosas no ha perturbado las dotes virginales de la inocencia y la fe en sí misma. Su cuerpo, más bien alto, espigado, de formas plenas y ágiles; toda su persona, en apariencia tan sólo graciosa y común, cautivaba precisamente por la sencillez, la dulzura y el desenvuelto pudor que inspiraba, cualidades todas que le eran tan propias y singulares que se hacían atrayentes. Bice era exactamente lo que demostraba ser, calma, crédula, optimista, incapaz de un sentimiento arrebatador como de un afecto heroico y de un sacrificio meditado, exquisitamente femenina, limitada y paciente; sin embargo, en ésta su modalidad superficial, bonachona, y perspicaz, de posar sus ojos en la realidad, consistía su defensa. Ella sabía determinar espontáneamente sus horizontes, nada de cuanto se le escapaba podría despertarle una ilusión, porque desde el momento en que se le escapaban ya no le pertenecían, entraban en la masa de aquellos sueños y figuraciones en los cuales acunaba su perezosa fantasía, sin que le quedasen resabios de melancolía o añoranza. Su naturalidad y honestidad eran su fuerza moral, auténtica por lo tanto. Muchacha modesta y cordial, gozaba del inestimable don de conocerse, y de consecuencia, por estrecho que fuese el espacio que educación y cultura ocupaban en su espíritu, de conocer a los demás, de intuir de ellos, infaliblemente, la ineptitud o la lealtad; y ella era bastante sabiamente egoísta como para substraerse y defenderse cuando la aventura que quería vivir le exigía un poco más de osadía y le reservaba incógnitas. Por lo demás, ella sabía que su porvenir (del cual se esperaba un esposo que le diese una casa, comodidades, y que en fin la sacase de su mostrador de vendedora) no dependía de ella, no estaba en ella solicitarlo, ella no podía sino experimentar, escoger y no engañarse. Y de que Bob no habría ocupado mucho tiempo su vida, nunca lo había puesto en duda, pero estaba prendada de él de todos modos, porque Bob era elegante, era bello, en Sanfrediano cien muchachas se lo hubieran envidiado, y ninguno de los demás jóvenes con quienes había «noviado» había sabido besarla y hablarle así como él, con su ternura y su audacia, ninguno tenía sus ojos y su olor. Y ni siquiera le dolía demasiado que después de los primeros meses de novios, él ahora la descuidase; era fácil de entender, él era Bob, fatuo y bello, y ella sabía que no debía sacrificársele en la esperanza de tenerlo definitivamente a su vera, no era seguramente en él que habría de abrirse su porvenir. "


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