Treinta y cinco mujeres (fragmento)Ricardo Garibay

Treinta y cinco mujeres (fragmento)

"Hannah camina despacio. Por la calle despobla­da va contando su parte de la propina. Se detie­ne. Cuenta las monedas. Sigue, cada vez más despacio. Va contando. Se le cae una moneda. Ahoga una maldición. Se quita los anteojos y busca. Se acuclilla y busca minuciosamente, ten­tando el suelo. Respira con agoniosa dificultad. Murmura sin tregua:
-Maldita sea, maldita sea.
No encuentra nada. Con exasperada pa­ciencia, apoyando las palmas de las manos en el suelo, casi a gatas, cierra los ojos dándose tiem­po para no estallar. El rostro se le tuerce como caricatura. Con tono de ovación dice en voz baja:
-¡Maldita sea!
Se alza, se aleja con pesados pasos. Pare­ce un gancho, o una percha de la que cuelga la arrugada bata.
Entra en el estrecho departamento, donde todo es polvoso y gris y todo está en desorden. No hay ventanas, el departamento está en tinieblas, Hannah viene encendiendo y apagando focos, según avanza. Un rabioso cansancio de vivir, una despectiva indiferencia por los trebejos y trapos y cacharros que todo lo invaden.
En la recámara está un hombre inválido en su silla de ruedas. Gesto imbécil, baba conti­nua. Hannah cuenta sus ingresos de hoy. Los mete en un cajón vacío, que cierra con llave. Luego frota con un trapo cogido al azar, una ca­misa, la cara y la ropa del marido, empapadas de babas; lo hace rudamente y bota la camisa.
Hannah calienta un potaje de garbanzos y alubias en la pequeñísima estufa de petróleo. Se lo embute a cucharadas en la boca al paralíti­co. Lo soporta empujándolo hacia el excusado. Le baja los pantalones y lo limpia y encaja el trapo en una cubeta que revienta de ropa sucia. Lo lleva a la silla. Se sienta y devora en la oscu­ridad el potaje. Bebe un vaso de agua. Deja todo sobre la mesa y sale a la calle empujando la silla de ruedas.
Viene por la calle con pasos muy pesa­dos. Estatuas de Lenin por acá y por allá y por allá. Calles solas. Llega a un raído jardín. Se va a sentar en una banca. Hipa el paralítico.
-Cállate -dice Hannah.
Comienza a lloviznar. Una llovizna muy fina, y se levantan aires helados.
-Maldita sea -dice Hannah. "



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