La mano encantada (fragmento)Gérard de Nerval

La mano encantada (fragmento)

"Esta presunción ridícula se fue debilitando a medida que se extendía, y algunos años más tarde el barón Foeneste era ya una víctima muy débilmente atacada, pero mucho más cómica, y ya en la comedia del Monteur se mostró, en 1662, reducida a proporciones casi comunes.
Pero lo que al bueno de Eustaquio le llamaba más la atención en las costumbres del militar era una inclinación natural a tratarle a él como si fuese un pobre crío, burlándose de los rasgos poco afortunados de su cara, y, en resumen, a ponerle en ridículo delante de Javotte, cosa muy perjudicial en los primeros días de matrimonio, cuando el recién casado ha de establecer su prestigio asentándolo con pie firme y tomar sus posiciones para el porvenir; téngase en cuenta además que era muy fácil herir la vanidad, todavía flamante y empingorotada, de un hombre recién establecido, patentado y juramentado.
No tardó en colmar la medida una nueva tribulación. Como Eustaquio iba a formar parte de la ronda gremial, y como no quería, al igual que el honrado maese Goubard, desempeñar su oficio vestido de burgués y con una alabarda de alquiler, se compró una espada de cazoleta que no tenía ya cazoleta, una celada y una loriga de cobre rojo que exigía ya el martillo de un calderero, y después de pasar tres días limpiándolas y bruñéndolas consiguió darles el brillo que antes no tenían; pero cuando, engalanado con tales armas, se puso a pasear orgullosamente por la tienda, preguntando si tenía mucha gracia para llevar la armadura, el arcabucero se echó a reír como si le hiciesen cosquillas en la planta de los pies y le aseguró que parecía ir vestido con la batería de cocina. "



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