El villorrio (fragmento)William Faulkner

El villorrio (fragmento)

"Nada más llegar vieron en el prado un carro, con el tiro aún -o ya- enganchado a los tirantes, y luego a Eustace Grimm, que apareció por una esquina de la casa y se quedó allí parado, mirándoles. Henry le ordenó que saliera del lugar. Grimm se subió al carro, y al punto los nuevos propietarios se pusieron a cavar, aunque había aún cierta claridad. Cavaron durante un rato, y al cabo se dieron cuenta de que Grimm no se había marchado todavía. Estaba en el camino, sentado en su carro, mirándoles por encima de la cerca. Henry se precipitó hacia él blandiendo la pala. Grimm, entonces, se alejó.
Vernon y Suratt también habían dejado de cavar. Vernon contempló la espalda de Grimm, que se alejaba por el camino en el lento y ruidoso carro.
—¿No es pariente de Snopes? -dijo Vernon-. ¿Pariente político o algo así?
—¿Qué? -dijo Suratt. Seguían mirando el carro, que se perdía en la oscuridad-. No lo sabía.
—Vamos -dijo Vernon-. Henry nos está sacando ventaja.
Se pusieron de nuevo a cavar.
Pronto oscureció por completo, pero podían seguir oyéndose.
Cavaron infatigablemente durante dos noches, dos breves noches de verano ininterrumpidas por intervalos diurnos de sueño irregular, sobre el suelo desnudo de la casa, donde, a mediodía, las salpicaduras desiguales de luz llegaban incluso hasta la planta baja. A la mortecina luz del amanecer del tercer día, Suratt dejó de cavar e irguió la espalda. Henry, a cierta distancia, se agachaba y se levantaba dentro de su hoyo con la regularidad de un autómata. Estaba hundido hasta la cintura; era como si él mismo, esclavo por nacimiento de aquella tierra, se estuviera enterrando en ella, como si hubiera sido cortado por el talle y su torso muerto, sin saber que lo estaba, se agachara y levantara acompasadamente. Habían cavado ya a conciencia toda la superficie del jardín. De pie sobre la tierra fresca, Suratt miró a Henry; al poco cayó en la cuenta de que a su vez Vernon le miraba a él con ademán sereno. Suratt dejó con cuidado la pala en el suelo y se dirigió hacia Vernon. Se quedaron allí, mirándose, mientras el alba proyectaba su macilenta luz sobre sus caras demacradas. Su voz, cuando empezaron a hablar, era tranquila.
—¿Has mirado ya detenidamente esas monedas? -dijo Suratt.
Vernon no contestó inmediatamente.
Miraron a Henry, que se alzaba y desaparecía tras su pico.
—Creo que no me atrevo -dijo Vernon.
Dejó con cuidado la pala en el suelo; luego ambos se volvieron y fueron hacia la casa. La casa aún estaba oscura; encendieron el farol, sacaron los saquitos de su escondite en la chimenea y dejaron el farol en el suelo. "



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