Los tesoros de Poynton (fragmento)Henry James

Los tesoros de Poynton (fragmento)

"A la muchacha la habría sorprendido la frivolidad de estas palabras de no ser porque ya, al cabo de unos pocos segundos, había comprendido la dimensión del cambio súbitamente obrado en su propia relación con su amiga: cambio obrado preponderantemente, a juicio de dicha amiga, en lo tocante a la implicación de la muchacha en el gran problema. El efecto de todo lo que había seguido a la visita de Owen había sido convertir esta implicación en el centro neurálgico de la crisis. A ella la crisis, bien lo sabía Dios, le había caído encima sin comerlo ni beberlo, y ahora le tendía unos fuertes brazos que la cercaban, brazos que la estrujaban hasta hacerle daño y forzarla a gritar. Era como si todo en Ricks hubiera sido hecho confluir en un recipiente único, un público fermento de emociones y tozudeces, del que se podía extraer, salpicante, un cucharón para degustarlo y comentarlo; todo, al menos, salvo aquel precioso secreto que ella aún mantenía oculto como un tesoro. A ella esto habría debido gustarle, reflexionó Fleda, porque era señal de la existencia de una empatía, señal de una más estrecha unión con la fuente de tantas y tantas cosas que habían sido hermosas y renovadoras para su propia vida; pero en ella había algunos exquisitos instintos que se mostraban reticentes. Tenía que reconocer —y no sólo en esta ocasión— que había cosas con las cuales aquel famoso flair de que hablaba la señora Gereth no resultaba tan venturoso como lo era en cuestión de adquisiciones y «soleras». Ahora no resultaba venturoso en lo relativo a decidir la mejor manera de actuar teniendo en cuenta el secreto recientemente descubierto; empero, puesto que a partir de este instante las dos estaban más íntimamente unidas, cualquiera que se sintiera tan profundamente en deuda como ella no tendría más remedio que permanecer en el sitio y plantar cara a lo que hubiere de sobrevenir. Había formas en que su amiga podría incomodar profundamente a alguien así, y no sólo con la conciencia más tranquila del mundo sino además con la tremenda brutalidad característica de las buenas intenciones. Uno de los más directos de estos golpes, como se percataba Fleda, consistiría en una danza de celebración del misterio que ella, mujer terrible, había profanado: la sonora, legítima e irrefrenada alegría del descubridor que se lanza sobre la arena de la playa. Como cualquier otro descubridor con suerte, esta dama estaba dispuesta a tomar posesión de la isla afortunada. En esto no era sino práctica: casi lo único que le importaba de la romántica pasión de su joven amiga era el excelente empleo a que podría destinarla; un empleo tan de su agrado que rehusaba ver impedimento alguno en las propias características de la materia prima. A la respuesta de la señora Gereth a su pregunta Fleda le atribuyó mucho más significado de lo que habría podido prever tan sólo unas horas antes, mas sobre la marcha tuvo el presentimiento de que incluso una insinuación tan clara podría verse intensificada. "


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