Luna lunera (fragmento)Rosa Regás

Luna lunera (fragmento)

"No debía saber qué hacer con tantas horas como tenía el día, porque estaba siempre sola, con la única compañía de una de las mujeres de la cocina, Berta, que se había incorporado al servicio de la casa al acabar la guerra y a la que, como si quisiera resistirse a todo lo que le imponían, apenas hablaba. Esté donde esté, decía tía Emilia con orgullo, vuestro abuelo va a pasar la noche con ella, por cumplir con su deber porque es un hombre sacrificado incapaz de eludir las responsabilidades que Dios ha puesto sobre sus espaldas y que esta guerra ha convertido en un fardo casi insoportable que él, sin embargo, lleva con resignación cristiana. Eso nos decía. Algunas veces iba en el viejo Opel de antes de la guerra que había resistido nadie sabe cómo, se vanagloriaba, las incautaciones de los facinerosos, repetía cada vez. Pero la mayoría de los días tomaba el tren de las ocho de la tarde hasta la estación de Montgat y desde allí el tranvía que, tras dos kilómetros de subida, lo dejaba casi en la puerta de la casa, en Tiana. Casi siempre lo acompañaba el padre Mariné. Nadie entendía por qué no lo llevaba el chófer que tenía a su servicio, y Elías, que presumía de saberlo casi todo, decía que en el coche lo verían menos y que en cambio en el tranvía la gente del pueblo se desharía en elogios sobre aquel señor tan bueno que hasta viajaba con un sacerdote y que todos los días iba a visitar a su mujer, enferma de los nervios, pobre señora y pobre señor tan bueno. Al día siguiente tras ducharse con agua fría, lo que nunca dejaba de mencionar cuando contaba los sacrificios que jalonaban su vida entera, sin tomar el desayuno que de todos modos se le preparaba en el comedor pequeño del piso alto, tomaba el tren de las siete de la mañana que lo dejaba en Barcelona a las siete y media con el tiempo suficiente para ir a la misa de ocho. Caminaba presuroso por las callejuelas de Santa María del Mar, atravesaba la Vía Layetana y se metía por detrás de correos hasta llegar a la silenciosa plaza de San Felipe Neri todavía medio derruida por las bombas, en donde antes de ir al trabajo se convertía en el humilde monaguillo que ayudaba al padre Mitjans, su confesor, en la celebración de la misa.
Contaban las mujeres de la cocina que por la noche, cuando el abuelo ya dormía, la abuela se levantaba sin hacer ruido y descalza, sin más ropa que el camisón, salía a ese mismo jardín que esta mañana de invierno se había llenado de enlutados amigos para asistir a su entierro. El jardín era grande y ella se dedicaba a regar con tanto ahínco que una vez había despertado a los guardias del cuartel de la Guardia Civil, del otro lado del alto muro, que le habían dado el alto. Cogida esa vez realmente en falta estalló en el peor ataque del que se tenía noticia que junto con una neumonía que le diagnosticó el médico del pueblo, el doctor Andrade, la llevó primero a una clínica y luego provocó uno de sus interminables periodos de reclusión en un sanatorio, en algún lugar de las montañas, tal vez el de Olzinellas en el Montseny, tal vez otro más lejano en la falda del Pirineo, del que salía delgada, blanca, estática y dolida, para reiniciar esa vida contra la vida que la obligaban a llevar para no exaltar sus nervios sensibles. "



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