Viernes (fragmento)Robert Heinlein

Viernes (fragmento)

"La ciudad baja de Vicksburg es un lugar sensual y libertino, tan hormigueantemente vivo como un estercolero. A la luz del día la policía de la ciudad va por parejas; de noche dejan el lugar solo. Es una ciudad de embaucadores, prostitutas, contrabandistas, traficantes de drogas, haraganes, alcahuetes, proxenetas, mercenarios militares, reclutadores, peristas, pordioseros, cirujanos clandestinos, mirlos blancos, estafadores pequeños, estafadores grandes, drogadictos, travestís, pongan el nombre que quieran, todos ellos habitan en la ciudad baja de Vicksburg. Es un lugar maravilloso, asegúrense de efectuarse un análisis de sangre después de pasar por ahí.
Es el único lugar que conozco donde un artefacto viviente, marcado con su diseño (cuatro brazos, sin piernas, ojos en la parte de atrás del cráneo, lo que quieran) puede caminar (o reptar) a un bar, pedir una cerveza, y no recibir ninguna atención especial a sus peculiaridades. En cuanto a los de mi clase, ser artificial no significa nada... no en una comunidad donde el 95 por ciento de los residentes no se atreven a subir a una de las escaleras mecánicas que conducen a la ciudad superior.
Me sentí tentada a quedarme allí. Había algo tan cálido y amistoso en todos aquellos desheredados, ninguno de los cuales te señalaría nunca con un dedo burlón. De no haber sido por el Jefe por una parte y por Georges y el recuerdo de los lugares que olían mejor por otra parte, quizá me hubiera quedado en el (bajo) Vicksburg y encontrado algo que se ajustara a mis talentos.
«Pero tengo promesas que mantener. Y kilómetros que recorrer antes de dormir». El Maestro Robert Frost sabía por qué una persona sigue avanzando cuando desearía más bien detenerse. Vestida como si fuera un soldado sin trabajo y buscando el más provechoso reclutamiento, frecuenté la ciudad del río en busca de un capitán de barco fluvial dispuesto a contrabandear una carga viva. Me sentí decepcionada al saber cuán poco tráfico había por el río. No llegaba ninguna noticia del Imperio y no llegaba ningún barco río abajo, de modo que muy pocos capitanes estaban dispuestos a arriesgarse a ir río arriba.
De modo que me senté en los bares de la ciudad fluvial, bebiendo vasos pequeños de cerveza y dejando filtrarse la noticia de que estaba dispuesta a pagar un buen precio por un billete río arriba.
Estudié los anuncios. Había estado siguiendo los Anuncios de Oportunidades, que eran considerablemente más francos que aquellos que había observado en California... aparentemente cualquier cosa era tolerada mientras se ciñera a la ciudad inferior. "



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